domingo, 21 de septiembre de 2008

CON LAS MANOS EN LA MASA.

Finales de agosto: la operación “Paso del Estrecho” entra en su fase terminal de retorno, como ya es habitual cada verano. Están regresando a Europa por el puerto de Algeciras a través de Tánger. Los agentes de aduanas, los policías, los perros... vigilan y revisan esa puerta de entrada al mundo occidental para que no se convierta en un coladero de artículos prohibidos.
Hace poco leí que una familia marroquí formada por la madre con sus cuatro hijos a los que acompañaba la abuela, que regresaba a Europa desde Tánger, traían escondidos cuatro miserables kilos de hachís. La madre y la hija de 18 años fueron detenidas, mientras por la compasión milagrosa de un juez la abuela quedó en libertad con cargos y con la obligación de ocuparse de un bebé y de dos niños, ambos menores de 7 años. Toda una desgracia. Esta singular noticia de la prensa de sucesos me ha incitado a subrayar estos hechos.
Tánger, una ciudad con un puerto estratégico en el estrecho de Gibraltar, que separa Europa de África, ha estado habitada durante más de 2.500 años. Prácticamente todas las culturas y potencias que tuvieron intereses en este rincón del Mediterráneo dejaron su impronta. El puerto de Tánger ha visto ir y venir a los mas dispares pueblos: fenicios, romanos, visigodos árabes, portugueses, británicos y españoles, entre otros.
En las últimas décadas la estampa la va marcar el incremento del tráfico de drogas durante la salida masiva desde el puerto de Tánger. Actualmente este aumento está llegando a unos niveles preocupantes. En plena luz del día, en coches lujosos, furgonetas, autobuses e incluso a pie... los valientes traficantes se desenvuelven con una inusitada impunidad. La actuación de las autoridades locales es poco esperanzadora. Las estadísticas apuntan a que los problemas del tráfico de drogas que sufre la región desde hace varios años está aumentando de una forma alarmante.
Esta progresión es fruto, en su mayor parte, del aumento espantoso del consumo, a la ineficacia de las acciones en la persecución del narcotráfico y, también, en la utilización de nuevos métodos y técnicas para el traslado y ocultación de la droga. Todo se convierte, durante el paso infernal y veraniego de vehículos, en el famoso juego del escondite entre el gato y el ratón. Unos utilizan el sentido de vigilancia y observación, y los otros el arte de ocultación y el disimulo. No existe un perfil exacto, ni un solo modelo de traficante. Pueden ser hombres, mujeres, jóvenes, adolescentes abuelos, abuelas, parejas, elegantes chicas,... incluso familias enteras de veraneantes.
Se trata de innovar, de superar la sorprendente capacidad de arriesgar poniendo, a veces, en peligro incluso a los acompañantes inocentes. Los traficantes de droga saben que juegan con fuego y que la trampa, en cualquier momento, puede volverse contra ellos mismos. Se trata de ganar la confianza del vigilante. Se trata angustiosamente de llevar al mercado europeo la droga y poder volver otra vez con un extraordinario carro a pasear en las calles de su barriada bajo la mirada atenta y hambrienta de los próximos futuros traficantes.
Referente a la macabra historia, o suceso como se quiera llamar, citada arriba, la detención de toda aquella desarbolada familia se encuentra dentro de los hechos que son rutinarios y que se repiten todos los días en el puerto de Algeciras y, por supuesto, la noticia se convierte en una banal anécdota. Personalmente, no he podido dejar de pensar durante un largo periodo de tiempo en los inocentes acompañantes, en aquellos decentes niños menores de edad. Los adultos, y más los padres, debe tener cargo de conciencia y recurrir a otro tipo de actuaciones legales, evitando en todo momento y situación utilizar a menores en el tráfico de drogas. Debería haber castigos severos por el inhumano comportamiento y la falta total de la responsabilidad paternal.

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