domingo, 19 de octubre de 2008

ESCLAVAS, PUERTAS ADENTRO.

Todos los países llamados desarrollados no cesan de reivindicar, hipócritamente, la esclavitud doméstica infantil en el resto de la tierra. Todos estamos y nos declaramos ser conscientes de ello, pero lamentablemente ningún pueblo del mundo se libra de esta inmoralidad infame. Según el último informe de varias ONGS, 40 millones de niños y niñas son empleados domésticos; de entre ellos 10 millones están torturados y “ocultos” en los hogares de sus amos. Sólo descansan 8 horas al día, no conocen la palabra Domingo y trabajan de sol a sol privados de sus derechos, de sus salarios y de su dignidad. No tienen derecho a una educación legitima ni a disfrutar de sus valiosos añitos de niñez.
Estoy hablando de responsabilidades y riesgos laborales inadecuados a una edad infantil. Estoy hablando de maltrato físico y psicológico. Estoy hablando de abusos sexuales. Estoy hablando de la explotación de los menores así como de la peligrosidad de sus condiciones laborales. Estoy hablando del empleo de la violencia, de la intimidación y de la humillación. Estoy hablando de la tristeza de un drama humano: el drama de las niñas haciendo de criadas.

En Marruecos, estas pequeñas reciben la denominación de “petite bonne” (sirvienta domestica) y según los informes oficiales el 70% de las niñas de entre 7 y 14 años ejercen el servicio doméstico. La pobreza, la rotura de la estructura familiar, la poca o la casi nula educación de los progenitores, la inmigración rural, la escasa economía de los padres, etc. son circunstancias que incitan a estas criaturas a arriesgar, a sus impropias edades, asumiendo una responsabilidad para la que no están preparadas recibiendo como pago y paga el maltrato y la explotación.
Su fragilidad las convierte en invisibles y vulnerables, viviendo de forma parecida a los soldados. Sus vidas están ocultas de puertas adentro lo que las convierte en indetectables. Lo único que les queda, sus esperanzas, también están confiscadas con falsas promesas y palabras engañosas sobre una salida mejor en el futuro. Están desprotegidas, vigiladas por sus dueños y siempre encerradas. Están trabajando en la más absoluta ilegalidad con la flagrante permisividad de nuestra mirada indiferente y cómplice. Suelen lavarse sólo a veces, comer las sobras, vestirse con ropa de segunda mano y muchas veces de trapos. En la mayoría de los hogares duermen sobre el suelo en la cocina. Pasan mucho tiempo solas, casi siempre lo están. Suelen tanto temblar de miedo y frió como sudar acaloradamente. Tienen que subir siempre las escaleras a pie, pues para ellas no existe el ascensor, lo tienen prohibido. No tienen donde ir, no pueden escaparse, no pueden volver a sus caserío familiar en el pueblo, en definitiva no saben qué hacer. No saben ni leer ni escribir. No se atreven a pedir nada. Fuera es peor, tan sólo desean que esta macabra situación acabe de una vez para siempre.
Debemos denunciar esta miseria y no minimizar su alcance. Tenemos que implicar a los gobiernos, a los organismos oficiales, a la prensa y a los servicios sociales para que no silencien estos hechos. El deber y el derecho de un niño es jugar y estudiar, divertirse y formarse, pero en ningún caso y bajo ningún concepto trabajar esclavizado. Todos y cada uno de nosotros tenemos el deber de exigir cuentas a los responsables y de luchar, con todas nuestras fuerzas, para extinguir esta esclavitud domestica infantil. Debemos impedir que siga ocurriendo este crimen, y si no lo hacemos seremos culpables y cómplices de tal atrocidad.

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