sábado, 10 de enero de 2009

TÁNGER, LA NOVIA DEL VIENTO.

PLAYAS DE ROBINSON CRUSOE/TÁNGER/FOTO ABDELLATIF BOUZIANE/AGOSTO 2007.
Durante unos cuantos días soplan vientos de Poniente. Vienen del Oeste, traen fresquito, producen pocas olas, moderan las temperaturas y dejan un tiempo atmosférico agradable; pero durante otros soplan vientos de Levante. Vienen del Este, se producen con frecuencia, se exhalan con dureza y, como a veces tienen componente sur, pueden venir acompañados de aire caliente. Son vientos difíciles ya que arrastran todo hacia mar adentro. El levante trae aire húmedo, rocío y nubosidad. Dicen que el levante induce a la locura porque provoca dolores de cabeza, debilidad y mal estar. Ambos vientos, a lo largo del mes de julio, consiguen sus máximas velocidades.

Muchas veces, el Levante provoca odio por su suplicio, porque no es un viento cualquiera, es un viento molesto. No es un viento que sople a rachitas, es constante, provocando que las puertas y las ventanas chasqueen, que los árboles crujan y que la atmósfera esté persistentemente empolvada. Para algunas personas actúa incluso como agente alergógeno, debido a la presencia, en el ambiente que provoca, de muchos parásitos. No exagero, puede llegar a alcanzar los 100 km/h lo que provoca, inevitablemente, la interrupción de las conexiones marítimas a través del estrecho de Gibraltar. Salvamento marítimo, reiteradamente, avisa informando en sus previsiones de que el Levante provoca mar gruesa y que reduce la visibilidad en altamar de buena a ”regular”. Los bomberos están en máxima alerta, todas las puertas y ventanas permanecen cerradas, los bañistas son avisados de la inclemencia, las conexiones marítimas interrumpidas, los viajeros atrapados en las estaciones marítimas, las flotas pesqueras amarradas en los muelles, y algunos mercantes buscan abrigo. Es el rugido del temporal de levante en el estrecho.

Cuando piso el suelo, nada más despertarme, siento el viento de levante que redobla en mi cabeza, es cosa del tiempo y, sin saber por qué, el levante forma y es parte de nuestra vida. De pronto, abro la puerta de mi casa y veo que el asalto de la “levantera” ya se ha adueñado de la ciudad. ¡Nos vamos a enterar! Resoplan ráfagas fuertes y todo el mundo le pide al señor: ¡Que este domingo se quite el levante! Con los ojos bien cerrados, por si las moscas, soporto serenamente los torbellinos de arena que se clavan como agujas. El levante debe tener vida interior y algo de místico. Con los años se llega a comprenderlo y ha sufrirlo con más calma. Comienza a circular, igual que una costumbre, el dicho de que en que en este lugar el Levante sopla con fuerza, pero no se lleva nada consigo.

La ciudad de Tánger está íntimamente atada, por su entorno, al viento de levante. Se llega incluso a decir que es su novia, y que sus vínculos resisten al paso del tiempo. Cuando se "desmelena" surgen colores, silbidos, humedades, olores a salitre... y las calles de la vieja Tánger recuerdan constantemente aquella atmósfera embriagadora y cautivadora que fue en otro tiempo pasado. Este desmelenamiento le obliga, con su misterioso encanto, a mirar sistemáticamente hacia el mar, a la que pertenece, o mejor dicho, a esos dos mares, tan distintos y dispares, que son el Mediterráneo y el Atlántico. Esta relación marinera de amor y odio no sería la misma sin sus vientos. Un viento que no te quita nada, sino que sólo te atrae.

Los días de Levante suelen ser agotadores. Dice el refranero que sobre gusto no hay nada escrito. Las playas de Tánger, sin duda entre las más bonitas del mundo, toleran sin moverse los vendavales, y la ciudad impasible permanece fiel a su vendaval amante, con un atractivo del que pocas ciudades pueden presumir. Llega el domingo y el viento sigue soplando, el caprichoso Levante nos acompañará algunos días más. No me importa este martirio, ni tampoco me importa este correctivo del dios Eolo. Este es el precio que hay pagar por vivir de cerca, in situ, este amor entre Tánger y su amante el Levante, el hijo más insigne de rey de los vientos. Los efectos son, finalmente, placeres sencillos.

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