domingo, 8 de febrero de 2009

BENI MAKADA Y CASA BARATA, DOS BARRIOS CAÓTICOS.

Un sistema complejo, demasiados errores amplificados, cascadas de comportamientos imprevistos y predicciones enrevesadas. En marcha la batidora, y el resultado un caos desconcertante e imposible de digerir. Son aspectos de lo que se denomina el efecto mariposa. Poco a poco, se fueron olvidando los primeros ladrillos, los proyectos iniciales y las casas baratas para obreros. Se produjeron rupturas brutales entre la sociedad, el espacio y el tiempo. Una masa de gente, en condiciones infrahumanas, avanza velozmente en discordia buscando cobijo puesto que se habían quedado en fuero de juego.

Tánger, puerta de África, como gran metrópolis que es, ha cambiado profundamente tanto económicamente como culturalmente, debido, lamentablemente, a una explosión demográfica incontenible acompañada con una brutal inmigración rural y una escandalosa precariedad en los barrios periféricos. Lejos de ser símbolo del “Marruecos moderno”, las infraestructuras actuales no acompañan a esta marea de cambios y, en consecuencia, el desmadre está servido. Los suburbios, consecuencia directa de esta amalgama, parecen surgir del suelo como setas, de la noche a la mañana. Beni Makada, y Casa Barata, son ejemplos tangibles de esta cara de la ciudad. En ellos decenas de miles de criaturas se amontonan en una caótica situación alarmante. Ahí reina la inseguridad y la ausencia de derechos. La policía evita cualquier tipo de intromisión, los taxistas no se atreven a circular por sus calles,… Las familias viven del contrabando, del trafico de drogas y de la prostitución, mientras miles de niños deambulan abandonados por sus calles, la mayoría sin asfaltar y sin los mínimos requisitos de saneamiento. Las autoridades, desbordadas, no dan abasto con los problemas que de ellos emanan: educación, urbanismo, desempleo, servicios sanitarios, seguridad, limpieza....

Los que trabajan están puteados, y en su mayoría se trata de empresas flotantes, que pueden desmantelarse en un abrir y cerrar de ojos, sin previo aviso. Malos ratos con los jefes, pocos corazoncitos, cabezas cortadas, cabezas pensantes y mucha presión del controlador de turno. Todo por un trozo de pan. Eso se llama vida de perros. Seguro que la multinacional cerrará la fábrica, pero desde el anuncio hasta el cerrojazo, todo transcurre en un plis-plas, mientras la catástrofe invade a los indefensos afectados los dueños del tinglado preparan sus afiladas armas: el monstruo está preparado para que su presa no se vuelva contra él. ¿Qué los trabajadores se manifiestan? ¿Y qué? La empresa es virtual y la oficina de atención al cliente está ubicada en el quinto carajo, allá en un pueblecito desconocido de la República Checa (país que como sabéis forma parte de la comunidad europea). Y eso es factible gracias al cumplimiento a rajatabla del tratado de Roma así como de la firma del protocolo de socios. Así se justifican y se refuerzan los aspectos más importantes del bienestar social que son la democracia y la libertad de coger la pasta y esfumarse. Desde arriba, incluso les desean un buen viaje y les permiten la libre circulación de capital. A estos barrios de la desgracia no les toca todavía pedir explicaciones, ¿A quién? ¿Para qué? Pues a callar, sus habitantes son personas que no pueden tener voz propia, y menos defenderla. Un silencio obligado que evita otro perjuicio, el de no ser admitido en otra próxima fabrica. Los beneficiados se frotan las manos, son los mandamases. Pero, tranquilo todo el mundo, me dicen que nadie está dispuesto a defender aquello con uñas y dientes, que se trata de simples trabajadores que están en su propia tierra, en su propia casa, sobresaltados por un expediente de regulación de empleo redactado por unos abogados del diablo en unos lujosos bufetes de la Europa libre.

Beni Makada y Casa Barata, conocen una pobreza y una indigencia inadmisibles al ojo humano, una decadencia que nada tiene que ver con la miseria atractiva de las callejuelas estrechas y pintorescas de la medina. Pienso que son ya barrios feos, sucios y que el proyecto espontáneo de hace 20 años de ciudades dormitorio ha fracasado. Estos suburbios se han vuelto superpoblados y peligrosos, convirtiéndose, exactamente, en una bomba de relojería que pude explotar en cualquier momento. Hijos abandonados, familias desestructuradas sin ningún tipo de recurso, contadas escuelas abarrotadas de pequeños sucios y hambrientos, que tienen que doblar el turno diario para atender a toda la población en edad escolar; y aún así el analfabetismo ha aumentado así como el consumo de drogas y la violencia. Por otra parte, se ha multiplicado por cien el número de chabolas y, lo peor de todo, se ha acentuado el odio y el integrismo religioso. Las cifras son mareantes y sólo se pueden entender si se conocen las duras condiciones del día a día de esta pobre gente. Están alejados y desesperados. La brecha entre los dos mundos ya está abierta. Estoy seguro de que hasta ellos mismos no se sienten responsables ni son conscientes de que debe ser la propia sociedad la que le devuelva a ella misma lo que se llevó impunemente. Es un requisito indispensable para comprender, desgraciadamente, esta situación y sólo nos queda rezar para que algo pueda cambiar, o jugar limpio y que estas personas puedan llegar por las tardes a sus humildes hogares, honradamente cansados, después de un día de trabajo, como el resto del mundo, y poder sentirse escuchados y con dignidad. Es lo único que piden para volver a sentirse útiles.

Mañana se levantará otro y aclamará: ¡Hola compañeros!, hoy, como un día cualquiera, estoy aquí para anunciar la implantación de una nueva fábrica, de otra oportunidad, de otro patrocinador de una larga lista, de terrenos cedidos, de tramitaciones rápidas, de dinero prestado, de garantías hipotecarias, de alta rentabilidad, de otra empresa, de otro nombre y otro producto, qué más da, de fabricación y de ventas colosales, de inversiones garantizadas, de muchos dólares y euros, de franquicias seguras, de mano de obra barata, de horas extras, de alto rendimiento, de procesos de expansión y globalización, de capital privado, de bajada de impuestos... Pero hoy, como un día cualquiera, no se prevé prosperidad. La nueva fábrica nos vuelve a sumir en un sueño prometiéndonos perspectivas de futuro excelentes, desafiando totalmente, y una vez más, el efecto mariposa. Mientras tanto la vida en esos barrios se sigue deteriorando de una manera imparable y escalofriante. Las ONGES surgen como champiñones. ¡Por algo será!

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