sábado, 28 de marzo de 2009

La “Baraka” de unos, es la pillería de otros.

Los que tienen fe opinan que nadie es dueño y señor de sus actos. Es como si la dirección no se erija bajo la responsabilidad del protagonista. No se trata de juzgarles, mientras unos cuantos se quedan con cara de póker, de inocentes o culpables, de cumplidores o irresponsables. No se trata de descalificar a nadie. Yo quería hablar de la “Baraka” palabra que proviene del Sufismo. Sus practicantes la llaman también "aliento de vida", “bendición” o “esencia mística”. La Baraka, es la relación del hombre con su creador. Es algo parecido a lo que, en el mundo occidental, se llama la suerte, el duende o la buena estrella.

La Baraka es la fortuna que nos pone en relación, espiritualmente, con nuestro ámbito social, religioso, ideológico y cultural. De tal forma que llegamos a creer y afirmar la presencia de una función significante, semejante a un beneficio regalado, que cae del cielo. Y la mayoría de estas acciones son banales y cotidianas, no se trata sólo de procedimientos o habilidades extraordinarias. Todo se achaca a la Baraka porque de lo contrario se generaría incertidumbre, aparecerían dudas y surgirían “preguntitas” que no tendrían respuesta. La Baraka es un atributo personal propio, que pasa la frontera de lo natural hasta lo sobrenatural, para convertir aquel acto realizado de forma fortuita en una obra exitosa y asombrosamente realizada. Así que el intérprete puede llegar a ser maestro, e incluso santo, sólo por el simple hecho de tener suerte.

Es por ello que la Baraka puede convertirse en beneficio o perjuicio, en bendición o perdición, y en conciliación o indiferencia. Esa ambigüedad lleva su respuesta a los poderes espirituales y energías sobrenaturales sólo explicados a través de plegarias, sacrificios, magia, ritos o amuletos. De esta forma pueden descifrar, de forma mágica, los acontecimientos futuros y sus consecuencias. No se asimila tan fácil y naturalmente lo extraordinario del beneficio, del éxito o del fracaso, del infortunio o de la desgracia. Los jorobados, los bizcos o los cojos, por un lado, y por otro la altura, la belleza o la riqueza, son para los creyentes en ella el símbolo y la pura expresión de la Baraka. Pero no se cortan en adornar esta creencia, que va más allá, con la picaresca y la picardía afirmando que son fuerzas legítimas que deben acompañar al poseedor de la Baraka, de no poder ser así te tildan de gafe. En este conflicto espiritual y frágil, entre la victoria y el fracaso, estas diferencias están reguladas por el despliegue de una ristra interminable de santos practicantes, vivos o muertos, de moderadores y amos de la sabiduría y de la piedad. Son los dueños del azar. Tienen el don de la oportunidad. Manejan a sus anchas y como les da la gana, y cuando quieren, los regalos de Dios.

Por lo tanto, la perdida de los favores de Dios es una desgracia, es como perder su propio merito, y hasta incluso puede conllevar un castigo ejemplar por parte del poder divino. La Baraka, en nuestra cultura y religión musulmana, está ligada al destino y la providencia quedando sólo en manos de las personas de fe religiosa, por el contrario, para quienes no la tienen, se queda como simples conceptos en la memoria. Seguro que todos, a lo largo de nuestra vida, en alguna ocasión, hemos topado con una vidente a la que le hemos preguntado acerca de nuestro destino y el de las personas cercanas. En todo caso, esto no significa que creamos, a pie juntillas, en lo que nos decían sus respuestas, es más seguro que para algunos carecen de todo valor. Podríamos, y deberíamos, ser como aquél que nunca entendió una palabra, porque ni tan siquiera escuchaba, de la Baraka positiva tan sólo estaba interesado en que le acompañase a todas partes. Nada le importaba lo que se estuviera diciendo.

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