sábado, 28 de marzo de 2009

UNA MULTA INJUSTA..

Dicen que la inteligencia del ser humano es la capacidad que tiene para adaptarse a la realidad, ya sea a su propia realidad o a la realidad de los demás. Pregunto yo, ¿la picaresca también? Me puse a mirar al mar, era por la tarde, mientras viajaba en el barco que hacía el trayecto desde Tánger a Algeciras: ¡Una obra de arte!, ¡Qué horizonte tan majestuoso! Había delfines saltando y bailando en aquel mar en calma, ¡qué maravilla! Aquella tranquilidad me ayudó a reflexionar con cierta nostalgia, porque siempre que me alejo de mi ciudad natal tengo la sensación estar dejando parte de mi pasado allí.

Todos sabemos que son tiempos difíciles. A nadie le gusta estar en el pellejo de otro, en la pareja, en la familia, en el entorno, en la economía, o en la sociedad…aquí no cabe la ironía, ni la indiferencia. La estima y los sentimientos deben ir más allá de los perjuicios y del malestar ajeno. El pensamiento humilde debe prevalecer tanto para la bonanza como para la precariedad. Uno recibe un verdadero bofetón con la boca llena de pobreza y, encima, al agredido lo declaran autor y culpable del incidente. Es como si sigues fumando y la culpa es tuya. Aturdido, con falta de lucidez y una insuficiente fuerza de réplica, siendo víctima, y sin tener tiempo para recuperar el aliento, “boom” recibes otro bofetón con la otra mano. Aquí el infortunio es colectivo, el pensamiento y el desprecio son un acto masivo. Cuando la locura y el despilfarro son fruto de un comportamiento de toda una masa, la inteligencia humana se desvanece. Entonces es difícil interpretar el dicho de que la cara es el espejo del alma, ya que la realidad de las personas no sale a flote. Sus almas se quedan, cada vez más, profundamente a oscuras. Se crea un conflicto entre la verdad y la realidad que no ayuda para nada a simplificar las cosas, pues a partir de ahí sólo hay dos caminos: salir consolidado o sucumbir definitivamente en el intento quedándote jodido. Aquí siempre falta otra oportunidad y eres incapaz de verlas venir. Esta combinación es el auténtico abono para el desastre de la desigualdad y la indiferencia, de la grandeza y de la mentira, y de la verdadera picaresca de burlarse del otro, y de no sacar las castañas del fuego.

Aquí se conoce la pobreza y también la picaresca, incluso la falta de cultura y de una educación básica. Nuestra vida, y su alrededor, no tiene ningún valor ni tampoco ningún sentido. ¡Qué travesía más espectacular cuando no sopla ni levante, ni poniente! Era la expresión de la verdad del tiempo, parecía estar transcurriendo muy lento, todo ocurría a paso de tortuga. Viendo las olas revolcarse sentí, por primera vez, que no era tan culto como creía. Me di cuenta de que podía haber sido un mendigo, o un ladrón, o un timador, o un estafador... no se puede disfrutar del presente sin arrastrar el lastre del pasado, sin desvelar los recuerdos. No me refiero a nuestras vidas privadas sino a nuestras vidas públicas. Nos observan como si nos hubieran echado maldiciones. Se quedan observándonos como si estuviesen esperando la muerte para poder heredar.


Y todo esto lo cuento a raíz de una maldita e injusta multa de tráfico. Se ha convertido para mí en algo muy especial. Ando por allí con sumo cuidado puesto que ellos se sitúan estratégicamente, te inmortalizan en una foto en cuanto te descuidas y, ¡otro que ha caído en el anzuelo! Hasta aquí todo normal, lo anormal es que sus decisiones son arbitrariamente confusas, ellos siempre tienen, naturalmente, razón. La síntesis de este comportamiento se queda en la anécdota de una multa que se repite cientos de veces, todos los días, a lo largo y ancho de las carreteras. Una multa basada en la democratización de la picaresca callejera, de la picaresca de la hambruna, del día a día, del llegar a final de mes. Casi siempre la negociación es ardua. Lo triste es que esta chapuza es ¡tan injusta!

Moraleja no intentes hacerte el longui son agentes pícaros, ingeniosos y abusivos. Es una realidad que parece ser vergonzosa y falta de pudor. Es una realidad huérfana sin vida de los otros. Una realidad picaresca sin capacidad humana y sin inteligencia.

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