domingo, 19 de abril de 2009

Paseos sin rumbo.

Una auténtica amalgama de inquilinos, barroca y vaga, patea y llena, a diario, las calles, callejuelas, avenidas, plazas, así como cualquier lugar accesible de la ciudad. Cientos, miles de individuos salen fuera de sus hogares para transitar, sin rumbo alguno, horas y horas, sin cansarse y sin llegar a ningún lugar. Se trata de una costumbre y un comportamiento difícil de entender, puede que tenga connotaciones ancestrales, o puede que conlleve influencias sociales que daten de un pasado lejano. No se trata, bajo ningún aspecto, de una atracción turística aunque lo pueda parecer, tampoco de un jardín botánico multicolor, ni un zoológico de extraños seres, ni siquiera de un museo al aire libre, tan sólo se trata de exhibir un ambiente histórico que aclara la relación del hombre entre pasado y presente. Parecen envueltos en una atmósfera que se moderniza lentamente, pero sin dejar sus atribuciones y rasgos primitivos y medievales.

El bullicioso es latente y, a la vez, individual e insólito, con su propia cultura, tradición y filosofía, pero, progresivamente, va absorbiendo tintes occidentales. Una forma ingenua de pasar buenos ratos en la calle, como si fuera un intento de buscar un sentido a la existencia y a la vitalidad de la vida callejera. En las calles se respira frescura, autenticidad y nostalgia. Por todos los rincones se ven a personas anónimas, mujeres, hombres y, sobre todo, muchos niños. Se oyen gritos, a veces ecos, discusiones y los vacíos discursos de los “charlatanes”. Esta riqueza popular y esta vida callejera, lamentablemente, han dejado de existir en occidente hace ya décadas. Es algo parecido a un carnaval permanente, estos andantes variopintos tienen gusto por las calles. Todos sabemos que estos amantes callejeros, en múltiples ocasiones, y es algo frecuente, están mirando al mar, soñando con cruzar el estrecho y alcanzar el dorado individualista, ignorando que allí las calles están vacías. Mientras tanto, el arca de la vida está a rebosar de enanos. Así que los visitantes ingresan en los corrales, fascinados por el desorden humano. Es bien conocido por todos que la curiosidad despierta hasta el alma de los diablos. Los invitados se quedan asombrados y con cara de espanto, pues en su vida han visto algo así, y menos en vivo y en directo.

En el fondo pienso que sus paseos callejeros ambulantes están faltos de pureza y vacíos de espíritu real. Es una euforia que esconde una tristeza. Es la consecuencia de una pereza, concretamente debido a la falta de actividad. Quiero decir que esta vida callejera no aporta nada influyente para el desarrollo cultural, sólo aumenta un poco más, si cabe, su misterio. Tánger, mi ciudad lo que necesita, realmente, en sus calles es gente con vida, con alma, con reflejos, con iniciativa, sin olvidar su sabor propio tradicional. Las calles deben ser animadas, acogedoras y así pueden suceder cosas extraordinarias entre su gente, culturalmente hablando. Si no, sus absurdos paseos, sin rumbo, no servirán para nada de nada. Puedo asegurar que andar por la calle podría considerarse un acto espectacular, una tarea saludable, un evento de citas y un acontecimiento para revestir la ciudad de rebosante vida. Hoy mismo la ciudad está muy lejos de este aspecto cultural deseado, pero no todo va a ser malo, ni todos los paseos van a ser culturales. Lamentablemente, estos caminantes, o mejor dicho gran parte de ellos, no se dan cuenta, durante su caótico deambular, de la existencia de su propio patrimonio histórico, natural sin olvidarnos, por supuesto, del cultural. ¡Una verdadera pena! ¡Qué le vamos a hacer! ¡Así es mi ciudad!

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