jueves, 30 de julio de 2009

BAB EL-ASSA, LA PUERTA DEL JUICIO.

Bab El Assa, lo que significa puerta del bastón o puerta de los azotes, está anclada en el corazón del Alcazaba. Hoy es solo historia, pero fue en otros tiempos pasados el escenario de innumerables actos justicieros, aplicados a diestro y siniestro, sin piedad, bajo la atenta mirada de cientos de ojos humanos. Pura violencia para acatar delitos carnales incontrolados.
BAB EL-ASSA TÁNGER.
Para unos, el bochornoso espectáculo se presentaba como un castigo ejemplar, pero para otros como un placer culpable. Se trataba de infringir repetidos centenares de azotes así como una disparidad de correctivos para el disfrute humano, si uno quería, incluso en familia. La entrada era gratuita, no había limite de aforo, ahora bien, claro está, los que estaban detrás debían ponerse de puntilla. Eran penas para poner a la carne débil en su sitio, para tratar de convencer a los pecadores de que no volvieran a quebrantar las normas y para que se arrepientan de una puñetera vez.

La vergüenza la tenían que pasar los sufridores durante el entretenimiento que, por su morbo, aglomeraba a muchos curiosos. Aburrido, el espectáculo no lo era, pero alegre, tampoco. Aquellos personajes castigados, justo después de las atroces palizas, debían afrontar un segundo castigo tan brutal como el primero: nada más y nada menos que retomar de nuevo su vida normal. Las sanciones eran ejemplares y públicas para escarmiento de los mirones. El perdón no se concedía a nadie, sólo a los privilegiados hijos de la élite. Sencillamente una actitud inhumana, absurdamente feroz, incomprensible en nuestros tiempos y en una sociedad actual, pero en aquellos tiempos, con firmeza, obedecía a razones sagradas y costumbristas.

Eran palizas tan brutales que casi conseguían la expulsión de aquellos seres de la tierra que habitan. Adulterios, calumnias, consumo de alcohol, pequeños hurtos…eran las razones perfectas para celebrar el festejo, pero siempre con la condición de pillarlos “infraganti”, o con el testimonio de al menos cuatro testigos presenciales, o el dictamen de los inspectores islámicos. Las sentencias no prescribían, y eran ejecutables siempre que a uno se le declaraba culpable.

Hoy tengo una sensación amarga cuando pienso en tan crueles castigos y en aquellos seres humillados y abatidos en presencia, siempre, de sus semejantes. Me siento indignado, pero no soy juez ni, gracias a Dios, fui testigo de aquella época. Mi corazón esta a punto de dar un giro de 180 grados y, pensándolo fríamente, sí me apetecería vivir aquellos espectáculos multitudinarios, mi cuerpo me pide salsa. Habría que endurecer el código penal, sería ejemplar lapidación o los azotes para los políticos corruptos. Así no volverían a salirse cínicamente con la suya dejando que con el paso del tiempo sus delitos quedasen solamente tipificados. Me siento inútil viéndolos con sus “caras duras” y con sus costosos trajes paseando en lujosos cochazos, pagados por nosotros. Yo, los declaro culpables de pasarse “siete pueblos”. Deben recibir un adecuado y merecido castigo, sin piedad, y que sea ante nuestros ojos. No pueden seguir disfrutando de una apacible vida vigilada por guardaespaldas, que también pagamos nosotros. Estos chulescos personajes, deshonestos políticos y ladrones de guante blanco, deben sentir en sus entrañas toda la angustia de sus pillerías y pagar por el dolor causado a las pobres familias que religiosamente pagan sus impuestos para uso y disfrute de ellos. De verdad, quiero verlos sufrir con mis propios ojos.

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