Yo, de verdad te lo digo, no soy capaz de distinguir, o mejor dicho de captar, una mirada hechicera o transmisora del mal de ojo. ¿Cómo se puede “infectar” virtualmente al que está enfrente con sólo un repaso visual. Desconozco el procedimiento óptico de este fenómeno y tampoco estoy dispuesto a convivir con este calvario toda una vida: que si fulanito te ha echado una mirada asesina porque llevas un novio/a estupendo/a, que si menganito ha mantenido sus ojos sin pestañar mas de lo debido observando tu coche nuevo,... Yo te hablo de algo diabólico que sucede relacionado solamente con una fijación visual. Sufres una enfermedad, o un accidente, o una perdida de acciones en la bolsa, y la respuesta inmediata es que la culpa es fruto de un mal de ojos. Y si se te rompe un o vulgar vaso, también la respuesta es la misma. La interpretación no tiene límites y es válida por igual tanto para cualquier incidente insignificante como para cualquier desgracia.
Sus interpretaciones no atienden a razones lógicas de uno mas uno son dos. A veces, cuando los daños son irreparables, la carga de culpabilidad cae brutalmente sobre la Mano de Fátima, pero, ¡ojo! , cuando los damnificados son incapaces de asimilar el fracaso de atajar los rayos invisibles del efecto maligno de los ojos del contrincante se justifican mas tarde y se interpretan hábilmente como un suceso irremediable. Así que el famoso amuleto únicamente ayuda a protegerte y sirve únicamente para ahuyentar, superficialmente, las miradas malévolas. Una explicación cuyo objetivo es mantener la creencia sobre el fenómeno del mal de ojo y salvaguardar la ambigüedad del negocio sobre aquella energía metafísica, indomable, negativa y dañina. La cooperativa hay que mantenerla viva.
El portento del mal de ojo entre los “semejantes seres humanos” se desprende, sobre todo, extrañamente incluso, de la admiración excesiva y por supuesto de la envidia, de la venganza, del odio o del recelo. Insisto, el mal de ojos golpea únicamente a los que nos rodean, sus ondas no tienen largo alcance. Las personas, por su propia naturaleza, producen efectos positivos y negativos que afloran de la noche a la mañana. Los que sobrepasan lo inexplicable, o a los que llamamos mala suerte o infortunio, cambian de denominación y se convierten, simplemente, en un mal de ojo y, naturalmente, el culpable no es el creador como está escrito sino el mismísimo ser humano. Todo ocurre en un velocísimo circuito infrahumano donde por arte de magia, inconscientemente o imaginariamente, se desarrolla esta mutación espiritual.
Pero realmente en un estado de “shock” los humanos sufrimos un sentimiento de carencia, nos sentimos desprotegidos y esto afecta espiritualmente a las dos partes vinculantes: el afectado y el espectador. Sólo cabe recurrir a la superstición, prueba de nuestra fragilidad e inseguridad y de nuestra carencia de paciencia y felicidad. Afortunadamente, como dice el refrán, por todo lo malo algo bueno vendrá; claro está, siempre que se esté protegido. ¡Alabado sea Dios!
Tánger: un lugar donde tirarse al mar y permanecer allí para siempre.
Su propio nombre y su larga historia añaden a su hermosura, los ecos de la leyenda y de la mitología. Subiendo las colinas, contemplando a la vez el Atlántico y el Mediterráneo nos damos cuenta, rápidamente, de la dimensión exacta de su excelente y privilegiada situación geográfica. Allí, la belleza y lo extraordinario se funden y, observando su majestuoso entorno, comprendemos con suma facilidad el por qué se levanto la ciudad ahí, exactamente ahí y no en ningún otro lugar.
Tánger es mito, por eso a tanta y tanta gente ha enamorado, sigue enamorando y estoy seguro enamorará por siempre.

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