lunes, 30 de noviembre de 2009

Sour Maâgazine o el muro de los perezosos.

Las ciudades, las plazas, los miradores…, muchas veces, se parecen a las personas que los frecuentan. Claro ejemplo es “El muro o la pared de los cansados o de los perezosos” en Tánger, nombre popular por el que los tangerinos conocen a tan peculiar lugar. Un nombre que nunca les ha molestado. En realidad es una plaza parecida a una especie de terraza o de balcón gigante. No sé exactamente de donde le viene este “nefasto” apodo. No es algo sospechoso pero estoy convencido que este adjetivo tan inapropiado tiene que ver con sus características estratégicas, con el carácter de los tangerinos o con el pasado de esta ciudad. Sour Maâgazine o plaza de Faro, desde su banal y horrorosa restauración de 1985, es uno de los miradores más bellos de la ciudad, desde él se domina todo el antiguo y mítico puerto, parte del casco antiguo de la urbe, la espectacular bahía de Tánger y, cuando el horizonte está despejado, incluso se pueden apreciar los vehículos circulando por las calles del pueblo de Tarifa (al otro lado del estrecho). Tan estratégico lugar está adornado, a mi perecer de una forma vulgar, con unos viejos cañones que apuntan simbólicamente al estrecho de Gibraltar, es decir directamente a Europa. Personalmente, jamás he encontrado el motivo por el cual ha llegado a apodarse y ser conocida con un adjetivo tan desafortunado, que no corresponde, bajo ningún aspecto, con su ubicación histórica, ni con sus esplendidas vistas.

Queda descartado armonizar la pereza con la belleza, sólo queda indagar en el pasado y en el perfil de sus habitantes, y es en este momento cuando me viene a la memoria el azote de los sufrimientos y de la dejadez. La ciudad y sus personajes fueron encantados y odiados al mismo tiempo. Hasta el día de hoy siempre hemos creído olvidarlo pero, ¡qué le vamos a hacer!, estamos en un país lleno de muchedumbre sin ningún atisbo de sensatez. Los tangerinos aceptaron ser lo que son fruto de la penitencia por las bofetadas recibidas en su pasado. No pueden ser imprevisibles ni intervencionistas. Se les ha tachado de perezosos, de vagos, de inútiles e incluso de putos hijos de españoles. También han sido descritos como unos tiesos hambrientos y estar pendientes sólo del cotilleo y del mar, pero este bombardeo continúo no ha surtido en ellos ningún impacto y continúan anclados en esta indiferencia; se han acostumbrado a los zarpazos. ¡Pobres criaturas!, flagelados y mortificados se quedaron durante años en la cola, a la intemperie. ¡Hombre!, esta situación de abandono se prolongó tanto que hasta al propio castigador parecía ser fastidiado y probablemente arrepentido. Está claro los tangerinos han sufrido durante años las malas gestiones de las administraciones, en realidad no se trata de pereza sino de un silencio impuesto, de una interioridad callada y soñadora desprovista de pasado. Me pregunto, ¿qué merito le corresponde a cada uno de los dos bandos? Pienso, al fin y a cabo, que debemos celebrar el levantamiento del castigo y este golpe de gracia. ¿Por qué no declararlo un día festivo, uno más en el calendario y todo el mundo contento?

Los ciudadanos de Tánger recuerdan como era esta plaza en los años 60 y 70, con hermosos jardines y bancos (hoy brillan por su ausencia), con su maravilloso y vistoso suelo de terrazo, hoy sustituido por vulgar cemento sellado con unos dibujos, igualmente vulgares, de color negro reflejo de la depresión y de una tristeza sin salida en la que actualmente está sumida y la ciudad, todo ello muy lejos de aquella Tánger memorable conocida internacionalmente por ser una fiel amante del arte y la de la belleza. Una terraza que fue lugar emblemático y de imprescindible visitar para el turista. Un mirador que representaba el símbolo de la ciudad. Un singular espacio situado en una de las avenidas más bonitas, el Boulevard Pasteur caracterizado por su arquitectura europea difusa, en un país con claras influencias españolas, italianas y francesas.

¿Por qué me he parado a pensar en este panorama de Tánger?, pues sencillamente porque siento infinita curiosidad por conocer el principio de esta profunda calma y pereza. Aquel mirador era el reflejo de sus habitantes y de su arte de vivir. Esa tranquilidad era una manera relajada y sensual que daba a sus habitantes un sentido a sus existencias, armonizándose con la alegre vida que llevaban. Esta pereza está posiblemente inspirada en la melancolía y tiene su propia armonía, lo que se aprecia en su forma de expresarse al hablar, ni tan ardiente ni tan furiosa como los de dentro. Es una pereza de gente sencilla, fruto de una larga espera y de la incertidumbre, de esperar tanto para nada. Es una pereza que emana de ser a la vez feliz y desgraciada. Es una pereza fruto de la soledad y del silencio. ¡Una verdadera lástima!

1 comentario:

  1. Hola, como he usado muy a menudo ese lugar durante mi juventud, me gustaría aclarar que nunca lo conocimos con ese nombre tan raro que le han querido poner ahora, muro de los perezosos, siempre lo conocimos por " la murallita" allí nos sentábamos sobre ella a descansar de nuestros paseos repetitivos subiendo y bajando el boulevard Pasteur, generalmente por la acera de Kent...
    Había una murallita de piedra cuyo origen desconozco, de no más de medio metro de altura, siempre ocupada de punta a punta, por toda clase de "público".
    Muchos recuerdos de esos ya lejanos tiempos, que como todo tiempo de juventud, fueron maravillosos.
    Felicidades por este blog, Abdellatif, lo visitaré con más frecuencia y añadiré mis comentarios a cualquier tema que conozca.
    Saludos

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