La soberbia:
Una vieja historia está agonizando, precisamente la historia de un pueblo confuso e impreciso. Mientras una persona, de cuyo nombre no quiero ni acordarme, actuando con su micrófono, supuestamente, de honorable orador en su radio, se transforma en fortaleza dentro de su cuerpo y de su alma. Le brotan aspectos discriminatorios e intolerantes que le darán más libertad para menospreciar, cambiando su actitud hacia sus oyentes, pasando a ser más chulo, improcedente, fanático e incluso opresivo. La mayoría de sus oyentes siguen confiando y siéndole fieles, parecen seguidores adictos y manipulados. Del pasado no les habla, se limita a la historia reciente donde los hechos y los recuerdos están todavía palpitando. No les habla de la relación que sus abuelos han mantenido con el país vecino “Marruecos” y de esa estrecha relación, sangrienta y familiar a la vez, salpicada con hechos libertinos fuera de lo común. Me refiero a hechos tan extraños como dispares, cepillándose de un plumazo la religión y costumbres de los propios nativos magrebíes. Y aquí está él, tan pancho hablando en su radio sin gritar, escribiendo, a veces, con una frialdad diabólica e intrigante, sin preocuparse de la parte sucia del pasado de sus ancestros.
La gula:
Un pueblo ha perdido, sin querer, su entidad y ha visto modificarse bruscamente sus costumbres y sus tradiciones. Sus hijos se quedan llorando sin derecho a estudiar y los padres permanecen metidos hasta el cuello en la pura miseria, observando impotentes como fuerzas ajenas devoran todo lo que pillaban y les chupan la sangre. Un pueblo cuya conciencia fue anulada, cuyo saber fue paralizado y cuya gloriosa historia fue trasformada, fruto de largos años de abuso y tiranía. Heridos, magullados y lastimados se quedaron sin “Pedigrí”. Cerraron los ojos, bajaron los brazos y se comieron el marrón. Sufrieron y sufren una auténtica humillación. Con los vientres hambrientos, los hombres y mujeres amenazados, así como sin más, fueron forzados por colonos caprichosos y ansiosos, a tragárselo todo.
La lujuria:
Una presencia superior, se autollaman de primera categoría, emite horror y miedo. El pudor, poco a poco, se evaporó y aparecieron santos por todas partes, se potenciaron las fiestas folclóricas de todo tipo, se multiplicaron los actos satánicos y de brujería, se subvencionó la restauración de los santuarios más remotos... Todo eso gracias a las supuestas ayudas invertidas por los nuevos inquilinos, los nuevos ocupantes del lugar. De la noche a la mañana, súbitamente, el pueblo estaba dividido y en cualquier comarca brotaban mogollón de dialectos, sectas, curanderos, charlatanes…La ignorancia, como la peste, se apoderó de aquella pobre gente hasta hacerles perder su lengua natal. Eso fue el objetivo imperialista primordial de los colonos: dividir. Al mismo tiempo, y en paralelo, se extendieron los bares, las tabernas, las borracheras, los burdeles, los casinos, los trajes y corbatas, la ropa ligera y los destapes, hasta llegar en la actualidad, por contagio a los topless y a los tangas. Toda una invasión de fenómenos prohibidos y pecaminosos según los cánones coránicos. Desgraciadamente mandaban los cánones establecidos en los países de acogida, “manda huevos” y todo este bochornoso espectáculo fue acompañado de represión y opresión, incluido el saqueo de todo lo que hay dentro y fuera de la tierra. Armados hasta los dientes confiscaban todo lo que se movía. Un robo que aclamaban legal, fue declarado por los inquilinos como un acto heroico de ayuda, de intercambio comercial, de cooperación cultural y de colaboración socio-económica, puesto que los muchachos lo estaban pasando muy mal y necesitaban “extraterrestres” para gestionar su existencia.
La pereza:
Los hijos fueron indignados y abatidos de sus tierras por aquella presencia, permaneciendo con la puerta de entrada a la nueva civilización cerrada. Sin posibilidad de estudiar, sin hospitales, ni carreteras, ni electricidad, ni agua potable…Su coexistencia era imposible. Los patrones dejaron alguna que otra huella salvo en dos o tres puntos selectivos del país. Yo, personalmente, siento vergüenza. Unos pocos hemos tenido que aprender, bastante tarde por cierto, a pronunciarnos sobre la tristeza de las tristezas, sobre la herencia perezosa, truncada y manipulada, pero, especialmente, sobre la deuda incalculable, aún pendiente de pagar, por los culpables del desastre de este atraso. Ciudadanos, hijos de los cielos, más tarde se convierten en inmigrantes, en seres extraños, ni siquiera en extranjeros o foráneos. Hijos de segunda, hijos de las pateras: “los ilegales”.
La avaricia:
Ahora viene el “gachó” llamando, por escrito, “Moros descerebrados, anacrónicos…” a unos desafortunados majaretas inmigrantes.
Dirigiéndose a unos cuantos barbudos pirados practicantes, y no solo de boquilla, que habían pedido, y no exigido, un horario especial para que sus mujeres podrían utilizar las piscinas municipales a solas sin presencia de ojos masculinos. Fue en algún lugar de Cataluña, comunidad en la que se dispara el número de los inmigrantes musulmanes en relación con el resto de la península. Sabemos que este colectivo no disfruta de ninguna mezquita reconocida, oficialmente, como en el resto de España, ni de un centro musulmán, ni mucho menos están representados por interlocutores validos y electos.
Sigue en su codicia y les tacha de:
“Medievales”.
Por supuesto que la constitución española no permite ese tipo de segregación, pero si que se lleva a cabo en los vestuarios.
Y añade, temeroso, que:
“Las pretensiones y gilipolleces de la alianza de civilizaciones nos las tenemos que tragar dobladas.
Después, culmina despachándose a gusto con su boquita de piñón:
“¡Y una mierda! con las tolerancias y los talantes...”
Mensajito para ZP.
Y cuidadito, en sus palabras advierte de:
“Cómo se inclina uno al rezar, estamos perdidos. A ver si hay cojones, que aún no han dicho ni esta boca es mía. Y si no, ya sabemos. A bañarnos con turbante todos”
Vaya, pues menudo chasco, ha ido a parar este energúmeno a la otra punta de la extrema derecha. Desconozco como se llegado a esta absurda situación en el siglo XXI, me refiero a la miserable petición de aquella “pobre gente”. Yo, personalmente, me preocuparía si el reclamo lo hicieran portavoces oficiales a nivel nacional. Eso es lo que tenía que haber aclarado el escritor en vez de generalizar y sembrar el miedo al "Moro". Todo el mundo, en todas las culturas, hace declaraciones como replicas “gilipollezcas”. Sin ir más lejos, no hace mucho, un senador norteamericano propuso apelar a Dios, “el Cristiano”, ante el tribunal internacional de justicia para exigir una indemnización por todos los desastres naturales. ¿Cuánta gente se ha enterado de esta insólita y alocada noticia, y de otras similares de salidas de bocas no musulmanas? No me siento ofendido por este supuesto periodista, pero me siento preocupado por los insultos y el mal gusto al expresarse. Lo encuentro gracioso, pero a la vez le aplico el peor de los insultos que conozco: “Traidor”. Este adjetivo nace con las personas de esta calaña y lo llevan en la sangre, inevitablemente. Lamento no saber mentir, ni ocultar verdades, ni oponer excusas. ¡Qué paradoja!, ser extremadamente radical y facha, como todo el mundo sabe, y a la vez periodista y patriota. Uno puede dar un salto de la nada al “famoseo” de los “Sábado Noche”, de la España de “Chiquito de la Calzá, o de la prensa pura y cruda del corazón a algo valioso y respetuoso, pero no travestido, ni cambiándose contestemente de chaqueta y, lamentablemente, no por sus ideas sino por un puñado de unos miserables euros o dólares, que a la postre no es más que dinero.
La ira:
Sólo hay que pararse un instante para pensar en lo que podemos llegar a convertirnos, por encargo: en seres hipócritas y carentes de memoria. Todo con el objetivo de olvidar que hace no mucho años unos colones imperialistas, chupa- sangres, ladrones de libros, de monumentos históricos, de piezas y obras de arte de inmenso valor, saqueadores de tumbas, cuatreros de materia prima, generadores de esclavos y más tarde de inmigrantes, perforaron por la fuerza otras tierras extrañas. Los escenarios fueron, nada más y nada menos, que África, América, Oriente Medio y Extremo... ¡Casi medio mundo! Argumentaron sucias y crecidas estratagemas colonialistas, pero sus fines eran vandálicos con un solo objetivo: puro y duro saqueo. Tampoco podemos olvidar hablar de la pedofilia y de los pedófilos, de las violaciones y de los violadores, de la prostitución infantil, de las guerras injustas, de los crímenes de civiles, de los derechos de los trabajadores, mujeres y niños... No podemos olvidarnos de las mentiras de centenares de playas valladas y declaradas privadas, de acuerdo con él articulo 47, ante las narices de los nativos, observando atónito como se bañan las "gachises" en escandalosos “Toples” o como unos señores extranjeros se toman unos “guisquises”. Sin embargo nadie se siente culpable, ni siquiera la santa sede, en una tierra extraña con otra religión y otra cultura. Está claro que “la carne es débil” y cualquier musulmán que tuviera la osadía, por no decir los cojones, de acercarse a una de estas playas para disfrutar de esta visión celestial, el motivo no importa (curiosidad, calentura, subidón de adrenalina…) le esperaría el calabozo combinado con varios latigazos medievales.
La envidia:
Para colmo todo eso ocurría durante la ocupación bajo la mirada criminal de tipos como este que se permitían el lujo de brindar, levantando sus copas, en países donde el alcohol está prohibido y penado a la vez. Tal vez, este personajillo no tiene valor y humildad de girar la cabeza y tener una mínima idea del impago de la deuda que tiene su nación, y su religión, con aquellos pueblos rehenes y maltratados, y no tiene agallas de acordarse de aquellos callados y viciosos religiosos. Estos últimos, sólo se preocupaban de predicar metiendo por el culo a diestro y siniestro las leyes de la vida y de cómo tratar a los seres semejantes, algunas veces con suavidad y ternura tocando sus nalgas y susurrando al oído con labios sedosos, rozando sus mofletes de adolescentes, explicándoles el milagro de la existencia celestial y de la superioridad de sus fieles.
Yo ya no siento ni envidia ni rencor, sólo tengo ganas de coger este puñado de verdades y cerrar fuertemente los puños levantándolos hacia el cielo y sentir dolor y horror con la visión de toda aquella sangre pegada a mis retinas. No puedo borrar de mi mente sin piedad y de un plumazo toda aquella macabra maniobra humana. No puedo moderar ni modelar todo el engranaje de esta gran maquinaria hecha por todos nosotros y dar un carpetazo a esta puta vida, hecha con manos llenas de sangre, sin tener la valentía y los cataplines bien puestos de girar la cabeza hacia el pasado y volver al dialogo y a la conciliación. Al dialogo entre los vivos y los muertos, entre los ciudadanos legales y los inmigrantes, entre los medios de comunicación y los pueblos... entre tú y yo.

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