domingo, 19 de abril de 2009

Paseos sin rumbo.

Una auténtica amalgama de inquilinos, barroca y vaga, patea y llena, a diario, las calles, callejuelas, avenidas, plazas, así como cualquier lugar accesible de la ciudad. Cientos, miles de individuos salen fuera de sus hogares para transitar, sin rumbo alguno, horas y horas, sin cansarse y sin llegar a ningún lugar. Se trata de una costumbre y un comportamiento difícil de entender, puede que tenga connotaciones ancestrales, o puede que conlleve influencias sociales que daten de un pasado lejano. No se trata, bajo ningún aspecto, de una atracción turística aunque lo pueda parecer, tampoco de un jardín botánico multicolor, ni un zoológico de extraños seres, ni siquiera de un museo al aire libre, tan sólo se trata de exhibir un ambiente histórico que aclara la relación del hombre entre pasado y presente. Parecen envueltos en una atmósfera que se moderniza lentamente, pero sin dejar sus atribuciones y rasgos primitivos y medievales.

El bullicioso es latente y, a la vez, individual e insólito, con su propia cultura, tradición y filosofía, pero, progresivamente, va absorbiendo tintes occidentales. Una forma ingenua de pasar buenos ratos en la calle, como si fuera un intento de buscar un sentido a la existencia y a la vitalidad de la vida callejera. En las calles se respira frescura, autenticidad y nostalgia. Por todos los rincones se ven a personas anónimas, mujeres, hombres y, sobre todo, muchos niños. Se oyen gritos, a veces ecos, discusiones y los vacíos discursos de los “charlatanes”. Esta riqueza popular y esta vida callejera, lamentablemente, han dejado de existir en occidente hace ya décadas. Es algo parecido a un carnaval permanente, estos andantes variopintos tienen gusto por las calles. Todos sabemos que estos amantes callejeros, en múltiples ocasiones, y es algo frecuente, están mirando al mar, soñando con cruzar el estrecho y alcanzar el dorado individualista, ignorando que allí las calles están vacías. Mientras tanto, el arca de la vida está a rebosar de enanos. Así que los visitantes ingresan en los corrales, fascinados por el desorden humano. Es bien conocido por todos que la curiosidad despierta hasta el alma de los diablos. Los invitados se quedan asombrados y con cara de espanto, pues en su vida han visto algo así, y menos en vivo y en directo.

En el fondo pienso que sus paseos callejeros ambulantes están faltos de pureza y vacíos de espíritu real. Es una euforia que esconde una tristeza. Es la consecuencia de una pereza, concretamente debido a la falta de actividad. Quiero decir que esta vida callejera no aporta nada influyente para el desarrollo cultural, sólo aumenta un poco más, si cabe, su misterio. Tánger, mi ciudad lo que necesita, realmente, en sus calles es gente con vida, con alma, con reflejos, con iniciativa, sin olvidar su sabor propio tradicional. Las calles deben ser animadas, acogedoras y así pueden suceder cosas extraordinarias entre su gente, culturalmente hablando. Si no, sus absurdos paseos, sin rumbo, no servirán para nada de nada. Puedo asegurar que andar por la calle podría considerarse un acto espectacular, una tarea saludable, un evento de citas y un acontecimiento para revestir la ciudad de rebosante vida. Hoy mismo la ciudad está muy lejos de este aspecto cultural deseado, pero no todo va a ser malo, ni todos los paseos van a ser culturales. Lamentablemente, estos caminantes, o mejor dicho gran parte de ellos, no se dan cuenta, durante su caótico deambular, de la existencia de su propio patrimonio histórico, natural sin olvidarnos, por supuesto, del cultural. ¡Una verdadera pena! ¡Qué le vamos a hacer! ¡Así es mi ciudad!

miércoles, 15 de abril de 2009

HACHÍS, UN PRODUCTO CON DENOMINACIÓN DE ORIGEN.

"¡Hola amego!" "Qué, ¿sbaniol?" "¿Quiere Chocolate?" Esto es el punto de partida de este verdadero relato:

Hablar de ciertas cosas resucita el último y único background romántico que conoció Tánger. Todo un cúmulo de extravagancias terminaron siendo arrojadas por la borda por los mismísimos hijos de la ciudad. Aquel inolvidable glamour, que me cuesta trabajo recalcarlo otra vez, se fue para siempre. Hoy, la sensación es otra pero, hay que reconocerlo, desde el mar la ciudad se ve bastante bien. Recorrer las laberínticas calles y pasadizos de su medina nos hace creer que estamos dentro de una aventura, y que esta sensación de Tánger se va revelando, de repente, hacia lo que es realmente una ciudad curiosa y pintoresca. Si bien, enseguida, uno se da cuenta de que las cosas son bastante diferentes a como se las había imaginado. Tánger, actualmente para mí, sólo me sirve para evocar un torbellino de tristes recuerdos. No se trata de ocultarse de uno mismo, ni tampoco de nadie. A veces, tengo la impresión, muchas veces la certeza, de que he nacido para acostumbrarme, o mejor dicho para condenarme, a pasar mi vida criticando, aunque sea por pura inercia.

Hablar de ciertas cosas hace revivir en mi retina el sentimiento de un mal día, cuando uno se encuentra atizándose un "canuto", a sabiendas de que le puede costar un disgusto, siendo más que probable que dé con sus huesos en la mazmorra, lugar nada recomendable en ninguna parte del mundo, pero mucho menos en su pueblo. Moraleja: si a uno le gustan los "porros" más vale que se los fumes en su casa, bien ocultito, además tendrá la oportunidad de viajar gratis, sin coste ninguno, sin moverse de su refugio y ligerito de equipaje, sin olvidar que, al mismo tiempo, algunos problemillas que uno lleve encima se olvidarán, eso sí sólo momentáneamente. Hay gente buena y mala en cualquier lugar, también en Tánger. El reto es comprender cómo tantos, a lo largo y ancho de esta tierra, pueden parecer ambas cosas a la vez.

Hablar de ciertas cosas me hace pensar, otra vez, de nuevo, en el “Chocolate”, una de las múltiples denominaciones que recibe el hachís. Un producto que se ofrece con naturalidad en las calles, zocos, autobuses, cafetines, etc., Es la canción de toda la vida. Hace tiempo que el hachís representa uno de los productos nacionales más conocidos, el más exportado y el más laureado por todo el planeta, entendido del tema. Eso se debe a la buena eficacia y a su implacable red de distribución, tanto comercial como industrial. Y todo bajo una mirada silenciosa del resto de los protagonistas, se trata de una “mandanga” y “pocavergüenza”, sin ánimo de insultar. Es una expresión cuasi cariñosa, por decirlo de algún modo. La manipulación del producto alucinógeno se queda lejos de nuestra vista, pero sus dueños y su consumo se pasean, a sus anchas, entre nosotros sin complejos ni perjuicios. Muchos inocentes han caído en la trampa avasalladora, y muchas veces cruel, a causa de la oferta del Chocolate a la que uno está expuesto desde demasiado cerca. Y otros pobrecitos, que se atreven con las aventurillas, terminan como el expreso de medianoche.

Estoy hablando de uno de los principales productos típicos del lugar, el que más salida tiene y el que tiene una magnífica reputación entre los extranjeros. España, es el puente, es el enlace, es el verdadero aliado por ser el país más cercano y desde él al resto de Europa. Su exportación se realiza de forma cotidiana por múltiples, y cada vez más rebuscadas y sofisticadas, vías de distribución. De hecho, son muchos los viajeros que hacen la consecuente escala en Tánger para probarlo, ¡qué mejor que hacerlo sobre el propio terreno! Algunos comentan por ahí que el hachís de Tánger es el mejor y el más puro de todo Marruecos. Este “chocolate” no está elaborado a partir del cacao, ¡no!, sino a partir de la resina de la planta del cánnabis, también llamada planta del Kif, una planta aromática. Se puede presentar como polvo fino de color café obscuro o comprimido en pastillas, o tabletas, de color pardo oscuro, que generalmente se envuelven en papel de estaño o aluminio. El hachís puede, de hecho así es, presentar varias tonalidades, formas y concentraciones. Las plantaciones de hachís más famosas se encuentran en el Rif, al norte de Marruecos, y esto lo sabe todo el mundo.

Pero yo quería hablar de la paradójica práctica, la que no todos saben, de que a pesar de que en Marruecos se fuma abiertamente, inexplicablemente, no está permitido el consumo de drogas, ni para los nativos ni para los extranjeros. Me sorprendo al ver las caras de espanto que ponen más de uno cuando conocen la noticia. El hachís está considerado como el rey de la exportación y la reina de las delicias de los mil y un aficionados. De todas maneras, entre la producción, prohibición y tolerancia está lo siniestro: la pérdida de los derechos, los delitos vulgares y no vulgares, las muertes, las pérdidas de las libertades, las religiones calladas, los auténticos padrinos, los sobornos, los camellos, las conciencias responsables, la ignorancia, las pateras cargadas de seres humanos y droga, la hipocresía y, sobre todo mucha pasta. En fin, en una palabra, estoy hablando de tristes vidas humanas.

He llegado a la conclusión de que todo eso es una burla de nuestro sistema, es el riesgo de nuestra frustración, es el manifiesto de nuestra sensibilidad y la crueldad de los mercaderes. La batalla para frustrar esta pesadilla, y garantizar el futuro de nuestros hijos, está en los valores de la educación. De esto hablaré en otra ocasión, tiempo hay para ello. Hoy, la sensación es otra pero, hay que reconocerlo, desde el mar la ciudad de Tánger se ve bastante bien.

A LAS PUERTAS DEL HAMMAM.

Todos los días del año sin descanso, por las mañanas temprano, las humedades del Hammam abren sus puertas. Las leñas están echadas. Unos, reservados a cuerpos femeninos, y otros a masculinos. En los mayoría hay que turnarse, primero unas, después, más tarde, otros, pero nunca revueltos. Torbellino de secretos y misterios, olores evaporados, tierra roja para teñir el pelo, azulejos y mármoles ardientes, desnudez sumergida... Es un lugar de humedad sulfurosa y escasa visibilidad, la justa, donde la luz temblorosa hace difícil distinguir lo uno de lo otro, lo correcto de lo que no es. En ellos los vapores sofocantes actúan sobre las curvas carnales, donde los bálsamos perfumados, los aceites y las espumas aromáticas, con esencia de almizcle, jazmín o violeta, se deslizan sobre las pieles desnudas. Son espacios públicos, donde la desnudez no está prohibida. Los muros del Hammam están cubiertos de mosaicos pintados a mano, en la mayoría de ellos, y sus trazos voluptuosos se mantienen tensos. De sus fuentes brota, constantemente, agua hirviendo. El Hammam es conocido como la casa del cuerpo, del fuego y del agua. Dentro de sus muros ninguna frase está escrita. Algunos supersticiosos entran con el pie derecho y salen con el izquierdo. Están convencidos de que los demonios se alojan en los Hammam, lugar donde abunda el agua, y que no dudarán en apodarse del primero que vacile. Los disgustos y la desfachatez hay que dejarlos fuera, en la calle.

Una vez dentro, las personas están fuera del espacio y del tiempo, se rigen por las leyes internas que giran alrededor de la purificación armónica del cuerpo. Se trata de extraer lo dañino y triste. Es el placer de una vieja costumbre consistente en estimular la belleza de la propia vida, no importa la edad. Es un comportamiento lícito, se sabe donde empieza y también cuándo y cómo va a terminar. Es un ritual de temperatura progresiva, de cuerpos que surgen del vapor con voces y con sus ecos, de masajes infalibles. Jamás importa la enorme fatiga y siempre resurge la excitación adormecida. Se pueden oír murmullos, risas, voces y gritos, a veces descontrolados, casi alaridos, desde la calle al pasar por la puerta de estos singulares establecimientos. Dentro, las personas que lo frecuentan, adquieren el mismo rango, ya sean criados o amos.

Me acuerdo, siendo niño, de mi primer descubrimiento de un Hammam, incorrectamente llamado por algunos baño turco, cuando acompañaba a mi madre. Se medía la altura de los varones, a la entrada, pues había límite de edad en la admisión de los niños. Los que no “daban la talla, se consideraba que violaban la intimidad y el pudor de las mujeres y, por tanto, el honor de los maridos, hermanos o padres. Me acuerdo de mis primeros hormigueos eróticos, entre la oscuridad y el misterio, incluido el cuerpo de mi madre y de algunas vecinas. Imágenes, arrugas, vistazos, sentimientos, sensibilidades, flacidez,...y mezclas de figuras deformadas invadían todas mis razones. No era un simple baño. Mis deseos se fueron transformando, lenta pero inexorablemente, en estados inesperados donde todos mis conocimientos, limitados de mi propia niñez, se mezclaban y transformaban en fantasmas. Más de una colleja recibí, por parte de mi madre, por no cumplir la estricta orden de “prohibido levantar la cabeza”. En múltiples ocasionas me invadía la idea, llegando a tener la extraña sensación, de haber nacido en el Hammam. Fugazmente, mis infantiles y vivos ojos, se clavaban en aquellas mujeres semivestidas, algunas completamente desnudas, que ejercían, para mi corta edad, un nudismo prohibido, una intimidad estorbada, unos cuerpos autorizados, infinidad de zonas entre el ombligo y las rodillas, unas tolerancias relativas y unas conductas castigadas. En fin, son ritos irreflexivos y heredados.

Foto: Abdellatif Bouziane/Hammam Dar Albarud. Tánger.
El Hammam simboliza la ruptura con la vida anterior, la purificación del cuerpo, la ablución, la protección de los virulentos espíritus y la exaltación de la hermosura y de la belleza para prestar servicio a los amados. El Hammam es el aliento de los maridos. En definitiva es la fuerza y el impulso de la unión, prosperidad y felicidad. Las novias se dirigen al Hammam, justo un día antes del matrimonio, en un pletórico protocolo con atributos tradicionales complejos, custodiadas por sus madres, hermanas, tías, primas, vecinas o amigas. Se trata de la gestación de la futura esposa. Algo va a suceder, una especie de una mutación hacia la madurez. La protagonista se convierte, por un momento, en un ser sublime y solemne. Entra y sale del baño en una puesta en escena llena de alegría y euforia y, al mismo tiempo, de serenidad y orgullo. Andares rápidos, marchas forzadas, miradas vergonzosas, maridos expectantes y, relegados por una vez y por un único día, a seres inútiles y sin ningún papel, ¡vamos se quedan en el más absoluto fuera de juego!

Lamentablemente, las tradiciones y las creencias populares se abrevian día tras día en la actual sociedad marroquí, y las celebraciones se simplifican fruto de las innovaciones propias o copiadas de otros lugares y países. Se han producido cambios drásticos en infinidad de ritos heredados y en múltiples costumbres ancestrales. El Hammam, que simbolizaba al agua como un don divino, a la limpieza y la pureza como un acto de sabiduría y excelencia en los grandes eventos (nacimiento, circuncisión y matrimonio), ha cambiado radicalmente y se ha convertido, hoy en día, en un simple y sencillo baño, eso sí muy, muy, pero que muy relajante.

martes, 7 de abril de 2009

El último despertar.

ZOCO CHICO. Foto: ABDELLATIF BOUZIANE.
No sé más si soy lo que era, me refiero a mi estado anímico y espiritual. Inspirado me siento. Dedos y ojos de fe, recuerdos de fragancias impregnados de aires orientales. Van a cumplirse casi treinta y tres años, me siento tragado por el imparable paso del tiempo. Cuando, por primera vez, abrí mis ojos todavía perduraban algunos rasgos y reseñas de aquella gran leyenda. Los aromas, los sueños, las especias, los inciensos y las flores, retienen la razón de ser de un tangerino, criado en medio de aquellos olores y perfumes corrompidos. Tengo la sensación de que mi memoria está congelada. Árboles de sueños que florecen en los zocos, pasteles cremosos y azucarados, rosas de noche, azahar de naranjos, olores de cueros curtidos...¡Tantas antologías y emociones sensuales!, invaden mi olfato y remueven escondidos rincones de mi intuición clarividente.

Como se dice allí “no hay nada más precioso que el cuerpo”. Era mi Tánger de reencuentro, un lugar donde nada es tan bello para prever y reconquistar. Jabones de aceite de oliva y laurel, babuchas de pelo vegetal, antiguos paños voluptuosos de las vestimentas de beduinas, tejidos con franjas de colores, velos de lana, nómadas supersónicos, ardientes tellizas acolchadas para los típicos sofás tradicionales,... Un lugar folclórico y solidificado, pero siempre en movimiento. Así como lo demuestran todos los conocimientos ancestrales que eran fruto de la adaptación a un atractivo método de vida. Ultimas expresiones de famosos, del deseo y del placer, venidos desde occidente, fascinados infaliblemente de aquel encantado lugar donde el levante y poniente se juntan. Era entonces un sistema de ficciones ideológicas con aspectos orientales. Aquella realidad dio a la ciudad un nueva presencia hasta tal punto que se convirtió en un espejo donde se reflejaba la sed de vivir. Se rescató el sonido de la parte olvidada de sí misma, la nostalgia de un paraíso perdido y lo más profundo de nosotros mismos.

Algo, lamentable, debió suceder, que motivó la perdida, y mas tarde la búsqueda, de una identidad, lo que conllevó un periodo de gran alteración. Todo comienza y todo termina como en los cuentos, como en la noche del tiempo censurada y apresurada. Entonces el escenario se quedó desencajado, un resurgir de otra adaptación ha fracasado hasta, incluso, algunos se aburrieron y se largaron abandonando sus bienes y su pasado. No eran fanáticos ni demasiado libertinos. Curiosa mezcla de dos tribus que inspiró nuevos métodos, otras referencias a novelistas y escritores. Aparecieron correspondencias y cartas firmadas... Allí estaban los gobernadores, de tapadera, adornados con joyas indiscretas bailando disfrazados entre alfombras caras. Fama arrebatada, brutales formas expresivas literarias, fuente inagotable de inspiración, vestidos de sultanes, turbantes, túnicas, caftanes y, justo en frente, trajes, corbatas sombreros y tenedores. Todos juntos, pero no revueltos.

Eran escritores viajeros los que inspiraron a pintores y poetas. Aparecieron mujeres que se comprometieron en bodas mixtas, hecho que, naturalmente, convulsionó a toda la ciudadanía de Tánger. Se puso de moda los baños árabes, las citas orientales, los pantalones de harem, los braseros con incienso y los perfumes exóticos y embriagadores, todo acompañado con bebidas sobrias. Era el síndrome del “Mil y una Noches” en continua ebullición y efervescencia. Era una revelación y una declaración ilustrada de los hombres y mujeres de una ciudad de ensueño. Todos los visitantes sucumbieron a los embrujos de aquella civilización refinada y sibarita. Dejaron huellas, estelas negras, horas azules, atormentadas de narices, drogas, movidas de trances y venenos consagrados.

Toda una larga caravana de artistas que, en muchas ocasiones, se llevaron la palma de la literatura. Un esplendor inesperado, jardines deseados, delicias de la tierra prometida. Fue la Tánger de lo imposible, de la prohibición que autoriza a otra diferente, donde el erotismo hacía cuerpo con la lujuria, y donde el misterio te envolvía con lo impracticable y te estimulaba la imaginación. Los Bazares, la medina y sus tentaciones hacían perder la cabeza. Algunos desaprovecharon sus vidas y se convirtieron en receptáculos vivos de perdición por excelencia. Vuelvo a abrir los ojos y miro a mi alrededor, confirmando, afortunadamente, que el ambiente que se percibe hoy en día no puede conmigo y que sigo siendo el mismo.

miércoles, 1 de abril de 2009

LOS PRESERVATIVOS.

Tiempos de amor fácil y mecánico, besos efímeros, cariños precarios. Las calles se atestan de críos y crías que practican el amor libre. Se trata de unos malabaristas de la reproducción. No se trata de amigos y enemigos, están todos en el mismo saco, no hay piedad. Las mesas vacías y las camas calientes. Me pregunto si este placer es consecuencia de la felicidad o es fruto de la casualidad natural humana. A mí, cada vez más, me deja perplejo la inocencia de esta gente. Seguro que es otra forma de amar al prójimo. Estoy seguro de que los sentimientos no están ocultos, ni reprimidos, incluso parece que los resultados de fecundidad son notorios, y a la vez inquietantes, consecuencia lógica de este sexo sin medida.

Tenemos que meditar, no rezar, y no hacerle caso a los iluminados de Dios que van predicando, y pregonando, por ahí la bíblica frase de “hacer el amor y multiplicaos”. Tenemos que hacer un examen de conciencia y vacunarnos, con la justa dosis, para proteger nuestra evolución. El objetivo no conlleva odiarse o dejarse odiar, ni nos va a hacer sentir más felices; sin embargo el resto de soluciones tampoco. ¿Soluciones?, las que ofrecen, por ejemplo, unos altos mandatarios venidos de la gran cúpula celestial basándose en fomentar el sexo, sin medida anticonceptiva alguna, entre las indefensas criaturas africanas. Pienso que lo hacen basándose en el mero hecho de consolidar el concepto de la familia católica, apostólica y romana. Una labor exactamente enfocada a llevar los hijos de Dios a los jardines paradisíacos… Declaraciones inapropiadas, preguntas que se asemejan a un misterio intocable. Sólo caben las respuestas escritas con la autoritaria pluma de los jerarcas cristianos, los más cercanos al cielo. Las dictan cuando están protegidos y sólo las hacen en presencia de guardaespaldas. Se repite la misma pregunta sobre la misma postura eclesiástica, que parece, no digo que lo sea, eternal, clásica y tajante. Y otra vez preguntan por su ineficacia y su inutilidad, y otra vez no se trata de otra cosa que de la misma brutal e irrealista respuesta. La única explicación que se me ocurre es pensar en su alto desconocimiento del tema, puesto que ellos no han vivido en sus propias carnes la experiencia de parir y criar.

Para atajar el problema hay que reaccionar actuando con contundencia. Los países pobres se están desbordando. La difusión y la distribución de los preservativos y de los profilácticos constituyen, actualmente, el mejor y más efectivo camino para una mínima supervivencia. Las demagogias hay que comérselas con papas, pues estamos hablando de vidas y de muertes humanas. ¡Nada más y nada menos! Estamos hablando de un crecimiento incontrolado de seres sin protección familiar, ni social, ni educacional. Estos amos de nuestras almas, que nos bombardean como si fueran “papa-consejos”, deben estar acordes con la dignidad de las personas, con el lugar donde viven y con las situaciones sociales que atraviesan. Estamos en una situación de riesgo, de alerta, de desorden, de guerras civiles, de piratería, de inmigración, de globalización, de prostitución, de adulterios…mientras unos señores, muy bien pagados, van predicando que el uso del preservativo es un crimen y un pecado mortal. Se repite, otra vez, la misma estúpida respuesta: ¡no la trago! El problema es agresivo y contagioso y, lo peor de todo, está ante nuestras propias narices. Los habitantes de los países africanos, donde últimamente se ha predicado la abstinencia en el uso del preservativo, sufren auténticas desgracias: pobreza crónica, hambre, analfabetismo, enfermedades, esperanza de vida la mas baja del mundo, mortalidad infantil altísima, … pero eso no importa y, tan panchos, ofrecen una asistencia espiritual, una reflexión celestial, un sexo sin protección, y todo brindando en honor de aquellos que cruzan los mares, en pateras o en cayucos, jugándose la vida, de aquellos niños y adolescentes que deambulan por las calles esnifando drogas sintéticas, de aquellos que saltan, en avalanchas humanas descontroladas, las vallas fronterizas para alcanzar el sueño dorado, de aquellas mujeres viudas que han parido hasta la menopausia, de aquellos hijos huérfanos abandonados de su dios, de aquellas prostitutas, menores de edad, violadas sistemáticamente, de aquellas guerras étnicas, cuerpo a cuerpo, que usan como armamento hachas y sables, de aquellas deudas tramposas, de aquellas personas privadas de libertad y de los mínimos derechos humanos…En fin de todos aquellos africanos que viven como en un mundo de esclavos.

En vez de mandar al mensajero de Dios hay que mandar “condones”, si señores “condones” y, a ser posible, de todos los colores y sabores. Los preservativos son un complemento necesario y preventivo que ayudará, a estos pobres miserables, a eliminar sus cotidianos y tristes duelos, y propiciarán, al mismo tiempo, la práctica del amor y el sexo sin consecuencias negativas y mortales.

“Los 16.000 atletas que vivieron en la Villa Olímpica durante los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 utilizaron, y se llevaron, los más de 80.000 preservativos que los organizadores dejaron en los apartamentos para concienciarlos sobre el sexo seguro. ¡Asombrosamente! No se produjo ningún comunicado del gobierno Vaticano”.


Ésta es la increíble Basílica de Nuestra Señora de la Paz, construida por Houphouët-Boigny para recompensar a Yamoussoukro por ser el lugar de nacimiento del "Padre de la Nación". Es una replica de la Basílica de San Pedro en el Vaticano y fue construida en tres años con un costo “despilfarrado” de más de 300 millones de dólares provenientes del fondo del estado. Se trata de una de las mayores iglesias católicas del mundo. El Papa Juan Pablo II la consagró en el año 1990. El Vaticano, creó una fundación internacional para afrontar los dos millones de euros anuales que suman los gastos de mantenimiento de esa enorme, bajo mi punto de vista, blasfemia arquitectónica.

“Otros Rostros” viaja a México

En relación con mi última exposición titulada “Otros Rostros”, mi amigo Mehdi Mesmoudi se atrevió en incluir mis obras en un artículo dentro...