miércoles, 28 de agosto de 2013

CAFÉ BABA, MADE EN TÁNGER.

Puede que lo que voy a decirte vaya a  parecerte nada novedoso, me da igual: Todas las Fantas de naranja en los cafés de Tánger se parecen entre sí, pero la del Café Baba es diferente, su encanto se escapa por sus panorámicos ventanales sobre la Medina, pero ¿qué le vamos a hacer? A veces los buchitos de ese refresco te maravillan en medio de los humos del ambiente y la  sequedad de los andares.

 
Sentado ahí es cosa de una felicidad momentánea, de una casualidad de fugaces encuentros con el pasado y con los recuerdos. Es un sentimiento de libertad inspirada en la nada. Aquí todos los asistentes tienen las manos ocupadas, reina un silencio budista, no soy un experto en la materia pero tengo la sensación que en este lugar rige un bienestar psicológico y una percepción vaga del tiempo. La gente aquí parece hundida en una comunidad medioambiental nula en vitalidad y suspendida en los lunes al sol. Normalmente las personas en la vieja ciudad y concretamente los hombres se caracterizan con un espabilar agudo por su contacto diario con los turistas, pero aquí, parecen del todo tranquilos, sencillamente están en coma irreversible, están parados en el tiempo, la nevera puede tirar ahí en el mismo sitio años. Parece que los inquilinos esperan que ocurra algún milagro.

Hay que acoplarse y pegarse una transfusión viva y oxigenada de lo que te ofrece la mirada por sus ventanales sobre la medina y expirar profundamente y pensar que por aquí han pasado unos colgados que querían experimentar con la jakjouka, música obsesiva de los tambores y gaitas que hipnotizo a medio mundo, el fenómeno del trance.
Tan lejos no estamos, de aquella época de los hippies y de la pipa de la paz, el sitio tiene memoria y fuerzas para aparentar lo que era.  El destino en realidad le importa poco, seguro que ira colgando en las paredes fotos y recuerdos.

No estoy diciendo que te largues, que vengas a verlo, si no por simple curiosidad. Aquí ahora se respira paz, quién sabe, puedes imprimir tu silla, hace poco, este año, lo hizo Patti Smith, eso sí la suya es para toda la vida. Tu presencia ahí solo debe ser una huida efímera, debes aprovechar y conservar en la memoria aquel momento preciado de ese lugar tan especial de Tánger. Pero no esperes que vayas a mejorar en algo su situación y su futuro, la decoración tardara décadas en cambiarse.

Aún así, miro y admiro al dueño actual del Café Baba, pese al entorno y pese a todos los recuerdos perdidos, está decidido a mantener su alegría interior más por el pasado que por el presente, su orgullo de que los Rolling han pasado por ahí y de luchar verbalmente por los derechos de imagen de su establecimiento. A mí me ha permitido hacer fotos.

Al Café Baba, tengo la sensación de que nada ni nadie le va quitar, por jodido que esté en el presente, sus memorias en forma de anécdotas, fotos y recortes de prensa enmarcados humildemente y colgados en sus paredes. Es la prueba y justicia de la sonrisa orgullosa de  su actual dueño.

Aquí  en Café Baba, las Fantas están muy dulces y muy naranjas, pero enamoran más por su pura química y su mezcla con el soplo a la paz y a la libertad  que se escapa sin dejar huella por sus ventanales asomados a la Medina.



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