sábado, 23 de agosto de 2014

Mustafá entre costuras.



Cómo se nota que estamos en un mercadillo cutre y al mismo tiempo genuino y soberbio, se caracteriza por sus tenderetes y puestecillos que se pueden levantar con una patada, por su libertad de horarios, por sus inimaginables productos fusilados… Pero no es lo que parece porque todo aquello que parece imposible,  aquí no lo es. En este mercadillo esta todo lo que necesitas. El  recinto  es un zoco enorme, llamado Fendak Chejra, y donde  encontramos todo y más de lo que vende una gran superficie en occidente. 

Mi viejo amigo Mustafá, tiene un puesto en la sección de costuras y arreglos. Una sección que se caracteriza por la rapidez en el servicio. Este agosto le pregunté cómo le iba el negocio y me confesó que su  único amor verdadero es su familia, su oficio, y su felicidad; y encontrar respuesta a todas las preguntas de sus clientes. Con orgullo exclama: “Dejad que los señores y señoras se acerquen a mí y me digan lo importante que soy para ellos”. Mustafá ha hecho  un hueco en la profesión, es honesto y discreto. Mustafá crece ante cualquier problema. Se siente útil, simplemente útil. Se siente buscado.  Me comenta que hay cosas importantes que puedes aprender en esta vida y no se pueden enseñar, las llevas contigo a la tumba. Como “la cultura del cerebro” según sus palabras.

De camino a casa pensé que coser y arreglar es uno de los trabajos más dignos y necesarios del mundo desde que el hombre no anda desnudo por la tierra. Al costurero lo considero tan personal como el peluquero, es como un  asistente personal. Por eso no creo en la gente, sino en las personas. Creo en los valores. Creo que una profesión se mide sólo con la diferencia entre valor y precio. 

Esto es un homenaje preciso a Mustafá.


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