domingo, 28 de septiembre de 2008

LAS MUCHACHAS DEL CINE MALO.

The prince who was a thief. Titulo en español: Su alteza el ladrón. En frances Le voleur de Tánger. Con Tony Curtis y Piper Laurie.
Algunas, por no decir bastantes, de las películas que se estrenaban en Tánger durante las décadas de los cincuenta y sesenta eran deslucidas y caricaturescas y con escaso argumento. Pero, al género masculino la presencia femenina en las pantallas le extendía la imaginación a unos niveles utópicos. Se declaraban fanáticos y amantes del género. Era un cine de aventura, de tiempos remotos y medievales. Eran películas exóticas, de espadas, piratas, pistolas, chicos guapos, muchachas de bandera. Era como el cine que actualmente ven los padres acompañados de sus hijos. Pero, en aquella época, los hombres se comportaban con aires casi infantiles. Esperaban los estrenos cada semana frotándose las manos. Las criaturas se hacían con el reino de las fantasías disfrutando como críos, se emocionaban y, en la oscuridad de las salas, exhibían sus sensibilidades y debilidades.

La mayoría de las historias trataban de la lucha permanente entre unos elegantes e invencibles europeos, o yanquis, contra unos cafres “moros” o árabes. Estos últimos representados, por norma, como enemigos, villanos y hasta disidentes. Todas las historias y personajes estaban inspirados en la saga de la leyenda de “Las mil y una noches”. Era la gallina de los huevos de oro. Los estrenos se multiplicaban. Casi todos los protagonistas eran anticuados y con un carácter medieval que parecían sacados del Oriente Medio. Estas fantásticas, frívolas y aventureras fábulas por sus argumentos, personajes, escenarios, y paisajes pueden encontrarse sin distinción en cualquier lugar y época por ejemplo: en Egipto, o la india, o Arabia Saudita, o en cualquier parte de la África negra, o la mismísima Tánger, o incluso en un territorio imaginario. Este concepto culminaba englobando a cualquier ciudadano como “moro” desde Marruecos hasta la otra punta del oriente medio saltando olímpicamente sobre Israel. Todos en el mismo saco gracias a Hollywood. Se llegaba hasta a manipular y modificar la propia historia y la geografía. Era solo cuestión de cambiar, por arte de magia, los decorados de los estudios y viajar tres mil o seis mil kilómetros sin moverse mientras los vestuarios, armas, hábitos y lengua permanecían inmunes. Lo único que importaba era la aventura, el exotismo, las luchas y la chica guapa, imprescindible como reclamo y como regalo para los ojos de los espectadores. Así que a raíz de la ingeniosa Shaherezade, la novia inmortal de las mil y una noches, se pasó a África a rodar en technicolor a los leones, a los esclavos torpes tratados como burros y, en medio, los buenos y los héroes cazadores. Más tarde cambiaron los adornos por el antiguo Egipto y los faraones. No tardó en aparecer Ali Baba y los cuarenta ladrones, y así un sinfín de inventos más.

Aquellas generaciones disfrutaban como enanos de un cine imaginario y genuino, con historias fantásticas y al mismo tiempo mal argumentadas con las que más de uno se ha identificado emocionalmente hasta tal punto que le daba igual la incorrecta ubicación geografía o la equivoca establecimiento del tiempo histórico,... Todos eran negros, el resto moros o árabes, y el bueno era cualquier americano de turno. Así es como se descubrió el cine tecnicolor. ¡Una lástima!

En aquella época era un verdadero lujo y era la única fiesta para millones de hombres. No era cine basura, era una industria que sacaba pecho con sus hazañas de superioridad puteando a los débiles y revindicando su poderío. Era un cine que alimentó el odio y el desprecio, que ha estado durante años fomentando el racismo y la xenofobia, calando silenciosamente en generaciones de espectadores y que identificaban a todo un pueblo como bandidos, siniestros y terroristas cuando no como truhanes, criados, esclavos o bailarinas del vientre. Para colmo, vienen los héroes americanos, “los hombres blancos”, a darles un repaso, a veces devastador casi exterminador. A menudo los espectadores aplaudían emocionados, pues estas impresiones tocan el subconsciente masivamente. Se trataba, y hasta el día de hoy, de humillaciones mediáticas. Avergonzados tenían que estar todos los afectados incrédulos. Los espectadores de aquella época no sabían que aquello les invadía las mentes silenciosamente.

Nuestros padres disfrutaban como dios manda y, sobre todo, con aquel puñado de exuberantes muchachas que les ponían a todos como motos. Recordaban con afecto a aquellas actrices de poca monta que ni en Google hay constancia de ellas. ¡Qué pena! Un cine con un mensaje subliminal, maligno y discriminatorio que pasó sin pena ni gloria por las pantallas de Tánger, y por nuestras almas, sin dejar huella del séptimo arte. Sólo quedó el odio y el recuerdo de las muchachas de un cine malo.

domingo, 21 de septiembre de 2008

CON LAS MANOS EN LA MASA.

Finales de agosto: la operación “Paso del Estrecho” entra en su fase terminal de retorno, como ya es habitual cada verano. Están regresando a Europa por el puerto de Algeciras a través de Tánger. Los agentes de aduanas, los policías, los perros... vigilan y revisan esa puerta de entrada al mundo occidental para que no se convierta en un coladero de artículos prohibidos.
Hace poco leí que una familia marroquí formada por la madre con sus cuatro hijos a los que acompañaba la abuela, que regresaba a Europa desde Tánger, traían escondidos cuatro miserables kilos de hachís. La madre y la hija de 18 años fueron detenidas, mientras por la compasión milagrosa de un juez la abuela quedó en libertad con cargos y con la obligación de ocuparse de un bebé y de dos niños, ambos menores de 7 años. Toda una desgracia. Esta singular noticia de la prensa de sucesos me ha incitado a subrayar estos hechos.
Tánger, una ciudad con un puerto estratégico en el estrecho de Gibraltar, que separa Europa de África, ha estado habitada durante más de 2.500 años. Prácticamente todas las culturas y potencias que tuvieron intereses en este rincón del Mediterráneo dejaron su impronta. El puerto de Tánger ha visto ir y venir a los mas dispares pueblos: fenicios, romanos, visigodos árabes, portugueses, británicos y españoles, entre otros.
En las últimas décadas la estampa la va marcar el incremento del tráfico de drogas durante la salida masiva desde el puerto de Tánger. Actualmente este aumento está llegando a unos niveles preocupantes. En plena luz del día, en coches lujosos, furgonetas, autobuses e incluso a pie... los valientes traficantes se desenvuelven con una inusitada impunidad. La actuación de las autoridades locales es poco esperanzadora. Las estadísticas apuntan a que los problemas del tráfico de drogas que sufre la región desde hace varios años está aumentando de una forma alarmante.
Esta progresión es fruto, en su mayor parte, del aumento espantoso del consumo, a la ineficacia de las acciones en la persecución del narcotráfico y, también, en la utilización de nuevos métodos y técnicas para el traslado y ocultación de la droga. Todo se convierte, durante el paso infernal y veraniego de vehículos, en el famoso juego del escondite entre el gato y el ratón. Unos utilizan el sentido de vigilancia y observación, y los otros el arte de ocultación y el disimulo. No existe un perfil exacto, ni un solo modelo de traficante. Pueden ser hombres, mujeres, jóvenes, adolescentes abuelos, abuelas, parejas, elegantes chicas,... incluso familias enteras de veraneantes.
Se trata de innovar, de superar la sorprendente capacidad de arriesgar poniendo, a veces, en peligro incluso a los acompañantes inocentes. Los traficantes de droga saben que juegan con fuego y que la trampa, en cualquier momento, puede volverse contra ellos mismos. Se trata de ganar la confianza del vigilante. Se trata angustiosamente de llevar al mercado europeo la droga y poder volver otra vez con un extraordinario carro a pasear en las calles de su barriada bajo la mirada atenta y hambrienta de los próximos futuros traficantes.
Referente a la macabra historia, o suceso como se quiera llamar, citada arriba, la detención de toda aquella desarbolada familia se encuentra dentro de los hechos que son rutinarios y que se repiten todos los días en el puerto de Algeciras y, por supuesto, la noticia se convierte en una banal anécdota. Personalmente, no he podido dejar de pensar durante un largo periodo de tiempo en los inocentes acompañantes, en aquellos decentes niños menores de edad. Los adultos, y más los padres, debe tener cargo de conciencia y recurrir a otro tipo de actuaciones legales, evitando en todo momento y situación utilizar a menores en el tráfico de drogas. Debería haber castigos severos por el inhumano comportamiento y la falta total de la responsabilidad paternal.

“Otros Rostros” viaja a México

En relación con mi última exposición titulada “Otros Rostros”, mi amigo Mehdi Mesmoudi se atrevió en incluir mis obras en un artículo dentro...