lunes, 23 de febrero de 2009

Sidi Mesmoudi un santo venido de fuera.

Centenares de personajes, a lo largo de la historia de la humanidad, se han ido agregando a la lista de santos a través de un proceso de santificación difícil de asimilar para un profano. Pero cuando uno busca las historias más originales de estos santos tan dispares, los resultados quedan lejos de las leyendas construidas y se acercan a la pura globalización del comportamiento y de la sensibilidad de los seres humanos.
FOTO DESDE EL MIRADOR SIDI MESMOUDI.

¡Cuántas historias de culto contadas, santificaciones de extranjeros, y hombres y mujeres convertidos en santos y santas! Generalmente se trata de personajes modestos, sin fortuna, con vidas cruzadas y basadas en las manos, y suerte, de Dios. Bondades gratificadas desde el cielo, siempre con aspecto de hombres pobres que aceptan ofrendas, de hombres siempre amados que no conocen el odio y respetados por su coraje, por su honestidad y por sus valores que desprenden confianza, de hombres atrevidos para cualquier aventura, de roles folkloristas y bailes hasta el trance. Hombres guardianes de la paz, hombres de intriga con título de maestros curiosos que constantemente proporcionan tentativas de ensayos, hombres de misterio, hombres a seguir en sacrificio, muerte y modelos de santuarios. En definitiva hombres santos y patrones de viejas ciudades, de bellas historias adaptadas y adornadas con la genuina imaginación populista. Espíritus manipulados que provocan visitas rutinarias, y llenas de fe, a mausoleos, tumbas, iglesias y basílicas. Atrás quedan versiones diferentes, dudosas y extravagantes sobre santos venidos de fuera para hacer el bien y ganarse el Paraíso.

Entre la historia y la leyenda puede haber todo un mundo, infinidad de santificados, sin ignorar la mitología ni pasar por lo alto las historias contadas, de una generación a otra, de abuelos a hijos, de hijos a nietos,… Estos santos forman parte de nuestro pensamiento, de nuestra educación y de nuestra tradición ritual. Cualquier situación o evento inexplicable de forma racional, ya sea una maldición, un mal de ojo, mujeres estériles, divorciadas, repudiadas, odiadas e incluso alocadas, lo endosamos, automáticamente, a nuestros santos salvadores. Muchas personas, tras reiteradas visitas, oraciones y ofrendas ante las tumbas santas, siguieron sin poder contactar con los espíritus de los santuarios. Derrumbadas, y con la esperanza a ras del suelo, recurren entonces a la brujería, a la videncia, o a ser golpeadas en el amanecer con las curativas siete olas del atlántico, y todo con el único fin y propósito de quedarse embarazadas. Afortunadamente, este acto ritual no figura en ningún mandamiento coránico.

Sidi Mesmoudi fue uno de esos santones. Su nombre originario era Mister Moody. De nacionalidad inglesa vivió muchos años en Tánger, hasta su muerte a principios del siglo veinte. Sidi Mesmoudi nunca debió ser un santo debido a su estatus de extranjero, a su cristiana profesión religiosa y a su tendencia al sufismo. Durante un viaje aterrizó en Tánger y fue, por golpe de suerte y casualidad, la atracción de multitud de personas por su dedicación y su vida entera entregada a los demás, distinguiéndose por su abnegada ayuda a los pobres. La historia ha querido que, simplemente, una persona cualquiera por el único hecho de pasar ocasionalmente por un lugar y por el sencillo acto, accidental, de darle un bocado a un indigente, sea convertido y percibido como si fuese un santo, un intermediario de Dios, un curandero o incluso un medico, confirmando así que sus actos eran cosa milagrosa.

De todas maneras sigue siendo un enigma, y algo completamente difícil de definir, el proceso de esta santificación. Sólo cabe una explicación aceptable, que destaca sobre los demás, y es la teoría, “vox populi”, de que aquellos eventos legendarios estaban siempre ligados a historias contadas boca a boca, y eran fruto del poder político y religioso. El caso de nuestro santo forastero, Sidi Mesmoudi, era peculiar y titánico a la vez, tanto por su dificultad lingüística, como costumbrista y religiosa. Su forma de actuar se basaba en impresionar e intimidar. Era una especie de prestigiador, de charlatán y de incansable orador. Cuentan que tenía un forma de hablar, y un “palique” tan fino que lograba hacerte dormir. Su presencia era notoria y entretenida, pero, lamentablemente, su personalidad se fue perdiendo, poco a poco, con el tiempo, tras su muerte. El chollo de las limosnas se había extinguido. Su tumba y su santuario se fueron convirtiendo en ruina, hasta incluso, creo, que pueden desaparecer. Las personas que le adoraban desviaron pronto su punto de mira hacia otros santos y hacia otros objetivos espirituales. Y así fue, como poco tiempo después de dejarnos, todo cayó en el olvido, y como un castigo de Dios, la historia de este santo, Sidi Mesmoudi, quedó únicamente escondida detrás de su propia leyenda.

¿Por que no, descansar los viernes?

Tánger pagará tarde o temprano el precio de su expansión. No se trata de una opinión disparatada, se trata una voz de alarma, se trata de convencernos de la criminal maldición del progreso económico que ha invadido nuestras vidas y del desmadre incontrolado del crecimiento, junto con la brutal explosión demográfica. Día tras día, la inmigración rural, subsahariana y africana no para de crecer. Actualmente, los éxitos comerciales y los ambiciosos proyectos de Tánger manifiestan que modernidad y crecimiento están ligados a una nefasta repartición equitativa y creativa de la riqueza. Estamos, pues, ante un desenlace fatal.

¿Qué ha hecho Tánger para merecer eso?

¿Cómo puede una ciudad desarrollarse sin caer en esta trampa mortal?


Es obvio que la respuesta a ese serio problema está en nosotros mismos. Nosotros somos los culpables. No es un problema político sino social ligado a nuestra naturaleza y a nuestro comportamiento hipócrita, salvaje y egoísta. Está unido a nuestro sangriento pasado, a nuestras guerras y a nuestro falso y avaricioso poder a conseguir más. En consecuencia, la respuesta es que todos los niveles de desarrollo de cualquier sociedad, tanto culturalmente, como sociológica, industrial y comercialmente quedan mal heridos y afectados por desigual, y lo peor es que la cota educativa no pasa de ser mediocre debido a una mala reorganización, y a la incontrolada y sorprendente explosión demográfica. Cualquiera, de una forma u otra, agobiado por el propio sistema retorcido y corrupto, intenta escurrir el bulto ante estos hechos y pregonar que nunca le tocará a él porque estará en el cielo, lejos de aquí. De esta manera, cada uno queda tal como es en un punto de inflexión. Lo cierto es que es así. De momento domina la ausencia de visiones estratégicas y honestas de futuro, así como una pobre imaginación y una total insuficiencia de los dos aspectos que forman el armazón base de todo: conducta y cautela. Todo es una pura incógnita.

¿Cómo puede un llamamiento, un aviso o una reflexión, expresar la voluntad de actuar y de unir el destino de los habitantes de Tánger?

Es la pregunta del millón. La preocupación, el malestar, la desilusión y la fragilidad de los jóvenes, con un alto grado de desempleo y de precariedad laboral, bloquean cualquier pensamiento. Están en peligro y desorientados. Están bailando con lobos. Hablamos de mano de obra poco cualificada, pero que puede ser la fuerza de una nueva generación; se merecen una oportunidad para poder revelar su propia dignidad, se les debe una demostración de orgullo a esta juventud hambrienta que se encuentra entre la espada y la pared. (La tasa de edad entre los 20 a 25 años, en Marruecos, es la más alta de África). Eso sería un privilegio para hacerse cargo de su propio destino, dejarían de huir y emigrar a otros países, en los que, lamentablemente, la mayoría se queda y se establece, además, se dedican a construir parte del futuro del país receptor.

Mujeres, hombres o jóvenes empresarios deben tener derecho a estar frente a una oportunidad y a un desafío. Y, ¿por qué no? Es innegable que los países occidentales nos tienen interés, nos meten el dedo hasta en nuestra sopa, ¿por algo será? Estamos constantemente atrapados, estancados, dejados de la mano de Dios, tildando nuestra suerte y nuestra actitud de congénitas. ¡Maldita sea! ¿Por qué siempre nos toca bailar con la más fea? Sería justo que nos dieran lo que nos deben, lo podríamos titular “la deuda histórica de mal trato colonial”. Deben dejarnos emprender nuestros negocios y proyectos industriales, libremente, con una filosofía propia, descansando los viernes y no los domingos,... Empezando humildemente desde el principio, este podría ser un ejemplo del orden del día: educación, sanidad, agricultura, transporte, energía, construcción... Debemos tener nuestro propio sistema de producción y nuestro propio mundo. Debemos tener la posibilidad de crear nuestras propias ideas sobre economía y producción, y tener la posibilidad de plasmarlas en realidades tangibles. Todos estos retos ambiciosos, por supuesto, deberán estar basados en una auge del nivel educativito de toda la población y en una legislación moderna que contenga todos los derechos y deberes de una economía emergente, acorde con los tiempos que corren en los países industrializados.

Mientras estas condiciones no cohabiten en el corazón de nuestras almas, mientras no seamos solidarios, mientras ignoremos el mundo que nos rodea, mientras no divulguemos nuestros conocimientos y mientras no elevemos nuestro compromiso con la igualdad y la libertad, continuaremos viendo morir, cada vez más, criaturas en las orillas de las festivas playas europeas, ante los atónitos ojos de un público sorprendido, extrañado e impotente que, incluso a veces, actúa como socorristas improvisados. ¡“Güena” gente!

Si no somos capaces de enfrentarnos a este problema, seguiremos viviendo el distanciamiento de la pobreza y la humillante ruptura social con el capital. Seguiremos viendo el avance escalofriante de las chabolas, como champiñones que crecen de noche. Seguiremos observando la perdida de la libertad y de la esperanza de miles de hombres y mujeres, y podemos, finalmente, seguir adivinando, amargamente, el futuro incierto de una humanidad triste y peligrosa.

La causa, señores, está servida.

¡Basta ya!

domingo, 15 de febrero de 2009

El flautista y la serpiente.

Esta triste historia se la cuento a mi amigo el profesor Manuel De Los Riscos Angulo, aunque profesemos distintas religiones. Es la historia del flautista y la serpiente. El flautista, parece siempre el mismo, usa siempre las mismas notas, las mismas voces, sólo cambian los espectadores, que cada vez son más numerosos y más ruidosos. Hereda un oficio ancestral que se transmite de una generación a otra, sin más. El lugar de actuación está suspendido en el tiempo, y hay que hacer un esfuerzo para subir las empinadas callejuelas y llegar hasta el teatro al aire libre que es La Casbah. Se trata de hacerse la foto con el hipnotizador y su bailarina. No hay horarios fijados, el escenario es eterno y está siempre abierto. Allí no hay límite de aforo, todos caben. Cuando de pronto: ¡Señores, el espectáculo va empezar! Tonalidades beréberes superpuestas, transportan al espectador a otro lugar, al desierto (aunque parezca raro pues el mar está al lado incluso puede divisarse desde esta maravillosa atalaya), las palmeras sí que están y compaginan con el paisaje, solemnemente. Se trata de la ciudad Tánger. Los actores llevan chilabas, turbantes, babuchas y bandoleras, indumentaria que nada tiene que ver con la que usan los habitantes del desierto. Por el momento, en el escenario se aspira un olor distinto. Un niño aprendiz de futuro encantador, pasa constantemente por entre los curiosos, dando una y mil vueltas, con una vieja gorra entre sus manos, pidiendo unos Dirhams y dando las gracias por la colaboración.

Louis Comfort Tiffany (EEUU, 1848-1933).
1872 - 24 años/Encantador de serpientes en Tánger.
Material: Óleo sobre lienzo.
Medidas: 69.9 x 97.8 cm.Museo: Metropolitan Museum. Nueva York.


Los he visto infinidad de veces en la plaza de La Casbah. Las serpientes se despiertan y van bajando y subiendo perezosamente la cabeza y el resto del cuerpo. La actuación dura poco y, de repente, las encierran en cajas con candados como su tesoro, o quizás como algo “superpeligroso”. Así, una y otra vez, se repite el mismo ritual, durante toda una vida. He visto a estos ofidios bailar al son de la música, haciendo ondas a las órdenes musicales de las notas de sus amos. Son seres encantados. Olores, aceras, viajeros y murmullos, pero ellas siguen pareciendo dormidas, hipnotizadas o, lo que aún es peor, drogadas. Están fuera de su hábitat natural, pues son oriundas del desierto, para actuar. Al principio parecen reticentes y tímidas ya que para arrancar en el baile, es necesario, la mayoría de las veces, forzarlas y pincharlas con una especie de bastón. Van levantando y descendiendo la cabeza obedientemente, agitando su viperina lengua, mientras una sensación muy extraña invade nuestros cuerpos cuando de repente se quedan quietas, momento en el que se cruzan las miradas, miradas frías. Transcurridos unos segundos vuelven a contonearse describiendo nuevas eses y, a continuación, vuelven otra vez a hacerse las muertas. Parecen dormidas, pero no se puede uno fiar. Dicen que le han extraído todo el veneno. A veces los movimientos son bruscos desde el momento en que salen de sus cestos, parecen atraídas, dominadas y estiradas. Transmiten sensación de frío, se deslizan como perdidas, se arrastran dejando sombra casi sin tocar el suelo,…

Los curiosos, alrededor, muy cerca, siguen entregados y distraídos. Yo no me atrevo a arrodillarme. El suelo está empedrado, el sol calienta las piedras y hace un calor abrasador en la plaza de La Casbah. Los encantadores tienen fama de charlatanes y graciosos. Su actuación se basa en un buen adiestramiento de sus reptiles con el único fin de conseguir algunas monedas que les permitan subsistir. Los dos, dueños y serpientes, sufren mil penurias y los animales, a veces, hasta mal trato. El cuidado que se les da a estas geniales bailarinas es sospechoso y, en múltiples ocasiones, ha sido denunciado por abuso y mal trato. La explicación es burda y simple, la de toda la vida: que es un arte y que los dos viven uno para el otro. Más o menos como decir nacidos para ser lo que son, inseparables, uno para pedir y otro para actuar. ¡Qué amargas son sus suertes! Tristemente, esta historia tiene pinta de un secuestro. Un espectáculo en forma de payasada, un castigo y, al mismo tiempo, una fuente de ingresos del turismo que visita la ciudad. Difícil de prohibir, desgraciadamente, a pesar de que se trata de un problema de la ley de protección de animales.

Todos se alejan y de nuevo las protagonistas otra vez vuelven a quedarse amontonadas y encerradas bajo llave. Los nativos presumen que este bochornoso espectáculo es uno de los oficios más remotos del tiempo. ¡Mal!.

viernes, 13 de febrero de 2009

“EL MSEKSEF" EL HOMBRE MISTERIOSO.

“El Mseksef” fue un empleado del hotel Minzah y un famoso personaje de una postal, en la que aparecía sirviendo el té a la menta, un cartel que se utilizó para promocionar el turismo en Tánger. En el fondo, a todas luces era, un “pringao”, pero de todos los personajillos conocidos de Tánger, éste siempre me ha parecido el más misterioso. Nunca se enfrentó a ninguna gesta importante, pero su aspecto era siempre elegante e impecable. Muchos, por ahí y cualquiera, podría acceder mágicamente al estrellato, bien desde un spot publicitario, bien desde la caja de una hamburguesería o haciendo la cama..., pero él se movía con sentimientos puros y decentes propios de un personaje preso en el tiempo, que parecía haberse detenido junto a él. Sin embargo, el bueno tenía cara y unos ojos llenos de una inexplicable soledad retorcida y perversa.

El caso es que esos ojos, ennegrecidos con khol, apasionaron a muchos visitantes. De ellos emanaba una mirada con una fuerza manifiesta y, a la vez, oscura, clara y diáfana. Lo normal es que lo rechazaran por su flagrante inutilidad. No era un maldito sino al contrario tenía una estrella y así se quedó, con su majestuoso e idílico aspecto, simplemente para hacer acto de presencia y formar parte del paisaje.

Si tú te quedas mirándole fijamente te darás cuenta de que este personaje tiene motivos para ser como es y ser feliz, lamentablemente de una forma distinta a los demás, pero fiel a su filosofía. Yo siempre he pensado que en sus comienzos no tuvo oportunidades ni ninguna otra fantasía distinta a la de únicamente preparar el té moruno. Intente imaginarlo quitándose el maquillaje, el turbante y el elegante traje tradicional y ponerse, en su fuero interno, a cruzar la frontera de no hacer nada a de hacer algo, o a romper la línea del “autoreconocimiento”, o a vivir un sentimiento parecido al rebasar la barrera del querer al no querer. Ahora bien, cuanto más me acuerdo de él más me convenzo de que estoy equivocado, y me invaden las contradicciones.

“El Mseksef” significa: "elegante". “El Mseksef” era el hombre de los ojos negros, el hombre cartel de bienvenida, el hombre anuncio, el hombre del té a la menta, el hombre curioso a las miradas de los recién llegados,… Era, y es, la pura encarnación y la consecuencia de la ambigüedad, complejidad y de la cautivadora atracción de la ciudad de Tánger. Era, y es, el reflejo de lo que fueron aquellos rincones, lugares y tradiciones. Era la imagen hospitalaria que hoy ha sido cambiada por otro cartel más moderno y más comercial, pero no más genuino. ¡Que de contradicciones llevaba este hombre en su eterna y profunda mirada!

domingo, 8 de febrero de 2009

BENI MAKADA Y CASA BARATA, DOS BARRIOS CAÓTICOS.

Un sistema complejo, demasiados errores amplificados, cascadas de comportamientos imprevistos y predicciones enrevesadas. En marcha la batidora, y el resultado un caos desconcertante e imposible de digerir. Son aspectos de lo que se denomina el efecto mariposa. Poco a poco, se fueron olvidando los primeros ladrillos, los proyectos iniciales y las casas baratas para obreros. Se produjeron rupturas brutales entre la sociedad, el espacio y el tiempo. Una masa de gente, en condiciones infrahumanas, avanza velozmente en discordia buscando cobijo puesto que se habían quedado en fuero de juego.

Tánger, puerta de África, como gran metrópolis que es, ha cambiado profundamente tanto económicamente como culturalmente, debido, lamentablemente, a una explosión demográfica incontenible acompañada con una brutal inmigración rural y una escandalosa precariedad en los barrios periféricos. Lejos de ser símbolo del “Marruecos moderno”, las infraestructuras actuales no acompañan a esta marea de cambios y, en consecuencia, el desmadre está servido. Los suburbios, consecuencia directa de esta amalgama, parecen surgir del suelo como setas, de la noche a la mañana. Beni Makada, y Casa Barata, son ejemplos tangibles de esta cara de la ciudad. En ellos decenas de miles de criaturas se amontonan en una caótica situación alarmante. Ahí reina la inseguridad y la ausencia de derechos. La policía evita cualquier tipo de intromisión, los taxistas no se atreven a circular por sus calles,… Las familias viven del contrabando, del trafico de drogas y de la prostitución, mientras miles de niños deambulan abandonados por sus calles, la mayoría sin asfaltar y sin los mínimos requisitos de saneamiento. Las autoridades, desbordadas, no dan abasto con los problemas que de ellos emanan: educación, urbanismo, desempleo, servicios sanitarios, seguridad, limpieza....

Los que trabajan están puteados, y en su mayoría se trata de empresas flotantes, que pueden desmantelarse en un abrir y cerrar de ojos, sin previo aviso. Malos ratos con los jefes, pocos corazoncitos, cabezas cortadas, cabezas pensantes y mucha presión del controlador de turno. Todo por un trozo de pan. Eso se llama vida de perros. Seguro que la multinacional cerrará la fábrica, pero desde el anuncio hasta el cerrojazo, todo transcurre en un plis-plas, mientras la catástrofe invade a los indefensos afectados los dueños del tinglado preparan sus afiladas armas: el monstruo está preparado para que su presa no se vuelva contra él. ¿Qué los trabajadores se manifiestan? ¿Y qué? La empresa es virtual y la oficina de atención al cliente está ubicada en el quinto carajo, allá en un pueblecito desconocido de la República Checa (país que como sabéis forma parte de la comunidad europea). Y eso es factible gracias al cumplimiento a rajatabla del tratado de Roma así como de la firma del protocolo de socios. Así se justifican y se refuerzan los aspectos más importantes del bienestar social que son la democracia y la libertad de coger la pasta y esfumarse. Desde arriba, incluso les desean un buen viaje y les permiten la libre circulación de capital. A estos barrios de la desgracia no les toca todavía pedir explicaciones, ¿A quién? ¿Para qué? Pues a callar, sus habitantes son personas que no pueden tener voz propia, y menos defenderla. Un silencio obligado que evita otro perjuicio, el de no ser admitido en otra próxima fabrica. Los beneficiados se frotan las manos, son los mandamases. Pero, tranquilo todo el mundo, me dicen que nadie está dispuesto a defender aquello con uñas y dientes, que se trata de simples trabajadores que están en su propia tierra, en su propia casa, sobresaltados por un expediente de regulación de empleo redactado por unos abogados del diablo en unos lujosos bufetes de la Europa libre.

Beni Makada y Casa Barata, conocen una pobreza y una indigencia inadmisibles al ojo humano, una decadencia que nada tiene que ver con la miseria atractiva de las callejuelas estrechas y pintorescas de la medina. Pienso que son ya barrios feos, sucios y que el proyecto espontáneo de hace 20 años de ciudades dormitorio ha fracasado. Estos suburbios se han vuelto superpoblados y peligrosos, convirtiéndose, exactamente, en una bomba de relojería que pude explotar en cualquier momento. Hijos abandonados, familias desestructuradas sin ningún tipo de recurso, contadas escuelas abarrotadas de pequeños sucios y hambrientos, que tienen que doblar el turno diario para atender a toda la población en edad escolar; y aún así el analfabetismo ha aumentado así como el consumo de drogas y la violencia. Por otra parte, se ha multiplicado por cien el número de chabolas y, lo peor de todo, se ha acentuado el odio y el integrismo religioso. Las cifras son mareantes y sólo se pueden entender si se conocen las duras condiciones del día a día de esta pobre gente. Están alejados y desesperados. La brecha entre los dos mundos ya está abierta. Estoy seguro de que hasta ellos mismos no se sienten responsables ni son conscientes de que debe ser la propia sociedad la que le devuelva a ella misma lo que se llevó impunemente. Es un requisito indispensable para comprender, desgraciadamente, esta situación y sólo nos queda rezar para que algo pueda cambiar, o jugar limpio y que estas personas puedan llegar por las tardes a sus humildes hogares, honradamente cansados, después de un día de trabajo, como el resto del mundo, y poder sentirse escuchados y con dignidad. Es lo único que piden para volver a sentirse útiles.

Mañana se levantará otro y aclamará: ¡Hola compañeros!, hoy, como un día cualquiera, estoy aquí para anunciar la implantación de una nueva fábrica, de otra oportunidad, de otro patrocinador de una larga lista, de terrenos cedidos, de tramitaciones rápidas, de dinero prestado, de garantías hipotecarias, de alta rentabilidad, de otra empresa, de otro nombre y otro producto, qué más da, de fabricación y de ventas colosales, de inversiones garantizadas, de muchos dólares y euros, de franquicias seguras, de mano de obra barata, de horas extras, de alto rendimiento, de procesos de expansión y globalización, de capital privado, de bajada de impuestos... Pero hoy, como un día cualquiera, no se prevé prosperidad. La nueva fábrica nos vuelve a sumir en un sueño prometiéndonos perspectivas de futuro excelentes, desafiando totalmente, y una vez más, el efecto mariposa. Mientras tanto la vida en esos barrios se sigue deteriorando de una manera imparable y escalofriante. Las ONGES surgen como champiñones. ¡Por algo será!

domingo, 1 de febrero de 2009

La “Ashura”, un día de libertad absoluta para los reyes de la casa.

Hace un par de días vi a mi hija pequeña Leila, de diez años, llorar de alegría, era una sensación de felicidad desbordada por lágrimas. De repente, y sin poderlo evitar, su estado emocional me contagió y me sentí, por un momento, tocado también, con los ojos llorosos, y nublados por las incipientes lágrimas que de ellos emanaban de pura felicidad. Pienso que los momentos emocionales, tanto de tristeza como de alegría se viven, se sienten en el fondo de nuestro organismo, de nuestro cuerpo, de nuestra mente y de nuestra alma. No debemos ignorarlos o fingir, forman parte de nuestra vida, mantienen vivos nuestros sentimientos y todo nuestro ser. Son el reflejo de lo que somos realmente. Intenté intervenir con naturalidad, sacando fuerzas de flaqueza y abrazándola, como si estuviera celebrando una victoria. Me he sentido solícito, y todo mi corazón pasaba por un merecido examen. Me sentí motivado sin pensarlo, y con ganas de jugar, de sonreír, de reír y de vivir. Escondí mis lágrimas y, bruscamente, sin saber ni cómo ni por qué, esta breve sensación transportó mi memoria a través de mi niñez y me acordé de la festividad de la “Ashura”, en la que todo era alegría. Hoy su celebración es una lástima, pues hace años que se perdió la parte lúdica y costumbrista de esta vieja fiesta.

La festividad de “Ashura” cae en el décimo día del mes santo de Muharram, el primer mes del calendario lunar. Ese día se celebra la popular fiesta de “Achura”, una jornada voluntaria para el ayuno. Se visita a los difuntos, se ayuda a los pobres y, lo más importante, se hace a los niños reyes de la casa por ese día. Una fecha para recordar, se exhiben los adornos, la ropa nueva, se realzan las manifestaciones conjuntas y entremezcladas de alegría y de tristeza, y se sienten las verdades del señor. Se trata de una religión, una cultura y una costumbre. Es un firme arraigo a unas tradiciones místicas y sociales. Es también una fiesta para reflexionar verdaderamente sobre nuestros sentimientos emocionales y religiosos.

Recuerdo vagamente que en una ocasión, siendo muy niño, en Tánger, durante la celebración de “Ashura”, mis padres, me compraron un balón de fútbol como entretenimiento en las calles de la antigua Medina. Para mí aquel día estuvo lleno de colores y de travesuras. Se escuchaban los típicos instrumentos musicales y los sonoros tambores que aún hoy en día persisten en mis oídos. Comidas abundantes para todos como símbolo de hospitalidad y prosperidad. Era la fiesta mágica de los niños. Las luces encendidas, los pequeños vestidos de adultos presumiendo de madurez. Recuerdo vendedores ambulantes, carros de madera llenos de juguetes, tambores, flautas, fusiles y pistolas, petardos y sabrosos frutos secos entre los que cabe destacar: higos, pasas, pistachos, almendras.... Todo era alegría.

Los orígenes de esta tradición, por supuesto, se encuentran en las profundidades del pasado, es un don de Dios y un regalo del cielo. Pero, aparte de las comidas y los petardos, esta fiesta ha sido siempre un símbolo de piedad, paz y felicidad. Ha sido un día de limosnas. La Filosofía de ‘“Ashura” no se basa solamente en rememorar y evocar recuerdos tristes o relatos fúnebres, sino que tiene dimensiones y aspectos que dejan huellas profundas en la vida de todos los musulmanes a lo largo de sus vidas. Se trata de sentimientos. La parafernalia que rodea a esta festividad no debe contaminar la esencia de este momentáneo disfraz y de este acto de libertinaje con caducidad. Es el único día de carnaval. Lo importante, sin embargo, es el juego, la capacidad y los efectos de alegría que pueden transformar nuestras virtudes imaginativas en creativas y diferentes.

La prueba de que se trata de una fiesta jubilosa es la perfecta adaptación del pueblo entero, sea cual sea su estatus social, a cualquier circunstancia, con infinita tolerancia, por supuesto. Fuera la violencia, fuera el auto castigo y fuera la sangre. La violencia nunca justifica otra violencia. Esto debe reafirmar que la intolerancia es el peor enemigo de una sociedad. Hay que aprender de la “Ashura” a escuchar y a argumentar. Debemos tener, a veces, los recursos infantiles llenos de ostentaciones y de felicidad. Debemos recuperar el brillo y la elegancia de nuestros ojos y transmitir a nuestros hijos la contención de todo buen creyente, sin despilfarro moral. Debemos dedicarnos a la práctica de la complacencia respetando al prójimo. Debemos saber adoptar una actitud emocional con dignidad ya que los protagonistas no son nuestros hijos, somos nosotros, son los niños que llevamos dentro, y no los muertos que llegaremos a memorizar, como pasa en otras partes.

Según la tradición cuando Mahoma, el profeta de la religión musulmana, llegó a la Medina invitado por los judíos encontró que éstos estaban ayunando. Les preguntó el motivo y estos le respondieron que estaban celebrando el día en que Moisés y su pueblo cruzaron el Mar Rojo abierto de par en par, huyendo de Egipto y del ejército del Faraón. Mahoma se sintió identificado y ordenó a sus seguidores a unirse con el pueblo judío en el ayuno. Según la religión musulmana aquel día fue clave, pues se convertiría en el día de la “Ashura”. Mas tarde, por obra celestial, se demostró que “Ashura” estaba relacionado con unos hechos y acontecimientos trascendentes en la historia espiritual, humana y emocional de toda la humanidad. Tal día como ese se creó el trono de Alá, los Ángeles, los siete cielos, las estrellas, la tierra, el paraíso y, también ese día, Adán vino al mundo, el arca de Noé toco tierra y Jesús fue elevado al cielo. Igualmente es el día de la primera lluvia y será el día del fin del mundo. Es para celebrarlo.

Por todo lo anteriormente expuesto, el Día de “Ashura” es considerado como el día más especial del año. El Día de “Ashura” es una fiesta sin ningún tipo de restricción. Es un día propicio para el perdón y de retorno a Dios. Todo pura alegría.

Dedicado a mis hijas Leila y Nora.

“Otros Rostros” viaja a México

En relación con mi última exposición titulada “Otros Rostros”, mi amigo Mehdi Mesmoudi se atrevió en incluir mis obras en un artículo dentro...