domingo, 4 de enero de 2009

La legión, aquel ejército de grifotas.

El Caudillo, abrazando al más glorioso de los mutilados de España, el general Millán Astray. Compañeros de armas en Marruecos, jefes de la Legión Española y amigos.

La Conferencia de Algeciras de 1906 legitimó, descaradamente, las aspiraciones españolas en el norte de África bajo el pretexto de brindar la protección europea sobre Marruecos y, al mismo tiempo, sintetizar su política de expansión colonialista en la zona. Resistencia hubo y feroz, y el desenlace de aquel ambicioso proyecto fue sangrante. Los sectores sociales, tanto españoles como marroquíes, fueron los más perjudicados con esta aventura colonialista que terminó con el establecimiento, por la fuerza, de un protectorado, 6 años después de la firma de aquel protocolo; exactamente en 1912.

Empezó un enfrentamiento entre dos desconocidos, de dos costumbres opuestas. Ni siquiera se sabía con exactitud la extensión de la zona correspondiente al dominio español, pero ¿qué más da?, los límites no tenían ninguna importancia estratégica. La mayoría eran zonas rurales, sólo eran destacables los puestos portuarios de Ceuta y Melilla, las ciudades de Tetuán y Larache, y como zona internacional, fuera del protectorado, la ciudad de Tánger.

Se destacó una costumbre, que más tarde sería perjudicial para miles de jóvenes y adolescentes así como la ruina de muchas familias, inédita para aquellos visitantes con intención de quedarse, pero, sobre todo, una de las más exóticas del mundo hasta el día de hoy: el consumo de kif, grifa, hachís y sus derivados cannábicos. Empezó en los años cuarenta un ritual aventurero y viajero de varios curiosos liberales, y más tarde investigadores y filósofos. Lo llamativo de entonces es que la mayoría de la juventud española residente no mostró el menor interés ni curiosidad por probar aquella despreciable droga de moros, sólo consumida por pobres y gentes de mal vivir.

Sin embargo, duró poco el rechazo y pronto esta droga hizo estragos en aquel ejército colonial. Algunos apuntaban la posibilidad de que hasta el propio Franco hubiera fumado kif, ocasionalmente. Más tarde, y una vez que el caudillo se afianza victorioso en Madrid, el consumo de los derivados cannábicos, venidos del Rif, se explaya y, al mismo tiempo y de forma escalonada, va ganando adictos en las grandes capitales de la Península, en toda la bahía de Cádiz, en la Costa del Sol y en las islas Canarias. Hasta llegó a formar parte de la imagen de los legionarios que exhibían sin pudor sus brazos tatuados, bebiendo alcohol y fumando grifa, justificando una hombría descafeinada.

Pronto aparece la figura del camello, la venta del chocolate en las puertas de los cabarets, los limpia botas, los macarras de la noche, los porteros vestidos de almirantes, los tablaos flamencos, las putas, los chulos, los carteristas, los delincuentes de poca monta, los golfos, los rateros, la venta abundante y ambulante del tabaco rubio americano, los cigarrillos sueltos, los taxistas profesionales de la noche, los marineros y los braceros que flirtean con chulería con la grifa, los obreros con su ambientes marginados,... Y por golpe de magia salió todo un arsenal de vicios y entresijos de la vida cotidiana del momento. Era todo un panorama cannábico: petardos por todas partes, mucho rollo, todo el mundo “colocado” y un ambiente chungo. Eran tiempos donde proliferaban los porros. Muchos hábitos se convirtieron en perversiones, y el consumo pasó bruscamente de las zonas rurales a ser todo un fenómeno urbano, mientras reinaba la tolerancia y la vista gorda.

Más tarde, a partir de los años cincuenta, aparecen paulatinamente voces de alarma argumentando que la droga atenta contra la salud publica. Eso provoco el celo del gobierno español competente y, de rebote, la aplicación de leyes intervensionistas de persecución por parte de las tabacaleras y de las fuerzas del estado español, con la intención de paliar el contrabando masivo y ascendente, tanto de kif como de tabaco americano.

Un recuerdo aparte merece aquella ciudad de placer que fue el Tánger internacional como punto de iniciación cannábica, tanto para los pertenecientes a clases más populares, como a la élite colonial. Destaca, en este sentido, el testimonio del novelista marroquí Mohamed Chukri que frecuentaba antros y cafetines para fumar kif con sus amigos. Y, no hace mucho, en los años cincuenta, Tánger conoció fiestas sólo basándose en champaña y kif, con presencia de personajes como el decorador Pepe Carleton, Emilio Sanz de Soto, o del círculo de ilustres bohemios norteamericanos y europeos que giraba en torno a Paul y Jane Bowles, entre los que podemos destacar a Truman Capote, Cecil Beaton, David Herbert, Tennessee Williams, etcétera. Incluso después de la independencia de Marruecos el hechizo tangerino siguió obrando sobre el imaginario de muchas personas.
Legionarios durante un desfile. Hay cosas peores.

Los miembros de la Legión, de aquel ejército colonial, fundamentalmente, fueron los autores decisivos de la difusión de la grifa norteafricana en casi todo el territorio español. Esa cultura del cannábis, al día de hoy, está pidiendo a gritos incorporar algún derivado sustancial del kif al consumo, como el alcohol y el tabaco. Es realmente asombroso que un cuerpo como la Legión pudiera influir en el conjunto de toda una sociedad. Y, ahora, sé por qué tienen tanta fama y porque se aprecian tanto. Aparte de sus andares y de sus tatuajes su aportación a la movida española fue clave durante, lo que se llamaba, la época de la transición, era un acto puramente paradisíaco que va mas allá de lo guerreo. Para ellos muchos picos y palas con los que pueden mitigar sus falsos "poderiíllos” de sus frustradas vidas, y así no podrán ir por allí “colocados” presumiendo de defender una patria.

2 comentarios:

  1. VIVA ESPAÑA!!! VIVA LA LEGION!!!

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  2. Abominable entrada, sin ningún rigor informativo. De nada difiere con cualquier infamia.

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