sábado, 21 de marzo de 2009

Tánger, cementerio de los espías.

Un canto al espionaje.

Nacen en tierras lejanas, en senos de familias variopintas. Nacen con la estrella de viajeros, dominan varias lenguas, algunos lo han logrado sin esfuerzo ni estudios previos, y dominan el arte de describir con palabras y dibujitos. Se destacan por la capacidad innata de ver lo que otros no ven. No hay camino de vuelta. Es un camino escrito donde conocen amigos y enemigos, confidentes y amantes. La gente les tiene envidia pensando que viven a lo grande pero, de cualquier modo, todos y cada uno de los que lo tuvieron cerca coinciden en destacar lo terrible, lo que se intuye en el fondo, de sus misteriosas miradas. Seguro que más de una vez han sentido la muerte en sus talones. Duermen todas las noches encogidos. Modestas notas, recompensas despilfarradas en juergas y mujeres, trabajos mal pagados, esfuerzos inútiles, desgastes destacados, riesgos de palmarla en cualquier momento. Allá donde iban dejaban huella de elegancia, de clase, de glamour y de sexo. Episodios de su vida, a veces, se ven truncados y son especialmente insignificantes, porque así lo desean ellos expresamente. Utilizan la táctica de caer en el olvido y pasar desapercibidos para posteriormente pasar a la acción. Muy pocos se atrevieron a degustar lo que se llama la jornada de un currante. Nadie, en aquellos tiempos, fue capaz realmente de cambiar esta vida por un trabajo fijo. Sin embargo, hoy mismo, seguro que podrían forrase, relajaditos, como tertulianos de los medios sensacionalistas.

Muchos han acabado con sus huesos en las cárceles, en las que seguro se rencontraron con algunos de sus mejores amigos. Nunca se libraban de sus destinos, en cuanto abandonan el talego se enganchan de nuevo. Vuelven a deambular por el mundo en busca de nuevos encargos. Londres, Madrid, Tánger, Nueva York, El Cairo y otras ciudades de Oriente… Viajes trepidantes y silenciosos, persecuciones de miedo. Nos situamos en aquellos felices días de la guerra fría: venenos sofisticados y asesinatos selectivos. Cuentan que donde hay militares es donde más proliferan los negocios sucios. No es hasta el final de sus días, con la condición de gozar de buena mente y de no pasar hambre ni penurias y de no franquear la barrera del anonimato, cuando escriben sus memorias en forma de best seller. Novelas para el gran público amontonadas en los pasillos de los supermercados, fórmula infalible para venderlos como churros, y todo el mundo contento. Aquella saga inolvidable de espías nunca llegó a igualarse, por lo menos hasta el día de hoy. Habían escrito una página histórica meritoria de elogios. No eran tan cachas como Arnold el gobernador de California, ni tan listos como súper agente 86, ni tan ligones como el agente 007, ni tan pasotas y cachondos como la pantera rosa, ni tan peligrosos como McGiver en una ferretería... Irónicos, escurridizos, letales y a veces fríos como una hoja de acero. Su violencia era sorda pero emocionante, siempre empleaban la justa y necesaria, se las sabían todas. Ellos no querían venganza solo saber y descansar. No eran máquinas de matar, ni máquinas diabólicas, eran personas de carne y hueso, simplemente.

Fotograma de la película: “Mission à Tanger” (1949).

Corría el año 1935, en Tánger todas las conversaciones giraban en torno a las acciones y movimientos de los espías extranjeros, tal y como se informó en primera página del rotativo "Morning Post”, fíjate que nombre de cabecera más original para esa época. Tánger, se había convertido en una especie de fortín y hogar, y posteriormente en cementerio, de toda una complejidad de confidentes, soplones, delatores y agentes secretos. Era al mismo tiempo asilo y refugio de este tipo de personajes. Sin embargo, también era algo mas importante, era el punto de partida para una enredada vigilancia y una oscura e interesada custodia de toda África. Tánger, con su situación geográfica, estratégica y su estatus político de ciudad internacional, fue el cebo perfecto. En la ciudad convivían miles de historias verídicas y algunas inventadas, aventuras narradas, vidas truncadas, desenlaces dramáticos, amores terribles, mentiras asesinas y policías corruptos. Los protagonistas eran espías, unos personajes solitarios, imprevisibles, escurridizos y desconocidos que a primera vista, en una primera impresión, incomprensiblemente, destacaban por su aspecto uniforme y modesto.

Se sentaban en los cafés del patio del zoco chico, frecuentaban los bares de los hoteles y los mejores restaurantes. Y así se pasaban las horas de espera. Si te fijas en sus ojos, estaban llenos de malicia, siempre mostrando desconfianza hacia todo el mundo. Nunca te hablan de política y más si pertenecen al “Intelligence Service”. Mientras se toman un té verde con hierbabuena, servido por un camarero súper espabilado, llegaron los rumores de que un crimen terrible se había producido, acabando con la vida de un oficial de la marina británica. No había otra salida, tenía que matar para salvar el pellejo. Podía haber sido un agente confidencial, algo relacionado con el contrabando o un ajuste de cuenta. Pasaportes falsificados. Fajos de billetes de dólares, al fin y al acabo sólo eran conversaciones, sobre todo de menudencias. Sin embargo, la mayoría de las veces, las sensaciones son extrañas, hay que tener ojos en la espalda, porque en cualquier momento te la pueden clavar. Inesperadamente le avisaban mediante telegramas de que debían esforzarse para descifrar sus claves, las órdenes son para cumplirlas a raja tabla, debían vigilar escrupulosamente a un tal menganito Italo-Suizo o un tal fulanito franco-alemán. ¡Cuidado! van siempre armados. Te pueden sorprender en cualquier momento, la mayoría de la gente ignoraba la existencia de estos agentes secretos. A los pocos días, y sin previo aviso, otro telegrama en clave, hay que pasar a la acción. Se ponen a trabajar como si fueran unos robots que funcionan con comandos preestablecidos y fijos. Algo extraordinario, no se sabe exactamente si lo hacen por su profesionalidad o por el afán de ganar dinero o, simplemente, lo hacen por el único fin de alimentar el deseo vicioso de este sacrificado oficio. Se consideran patriotas que luchan por la causa, pero contradictoriamente les da igual el bando cuando pasan a la acción, lo que vale, en definitiva, es transmitir sus objetivos logrados y conseguir la recompensa en forma de dólares. La comunicación era necesaria, estaba al orden del día usar el telégrafo o el teléfono, siempre que no estuviera pinchado. Incluso las cartas conceptuadas y sospechosas corrían el riesgo de estar abiertas y fotografiadas por policías en un humilde puesto de correos.

Un espía era delatado, hecho altamente curioso puesto que los dos únicos que sabían descifrar los telegramas eran él y el subsecretario de relaciones exteriores del consulado británico. Lo habían mentido en plena boca del lobo. Escapar por tierra era imposible, ya no confía en nadie para llevarlo al aeropuerto, se juega la horca. Había que largarse por mar. Los espías no se matan, ni se suicidan. Sangre fría, rápidos de pensamiento, entre Whisky y humos de cigarrillos americanos de contrabando, se ponían a hacer la travesía, colándose a medianoche como un polizón, en un buque dedicado al tráfico de hachís y de trata de blancas. Había que someter a uno de los marineros mediante el correspondiente acto de soborno. El espía se ha convertido en un fugitivo por temor a ser torturado hasta dejarlo ciego. Sudores fríos bañaban su cuerpo. Otra vez se ha salvado por los pelos. Ahora debe reorganizar de nuevo el servicio de espionaje que había sido quebrado y averiguar quien era el topo que lo delató. Su existencia depende de su responsabilidad como espía. Debe borrar la muerte de su mente. El drama había tenido menos repercusión de lo que él temía. Felizmente, de nuevo estaba lejos y su cuerpo le vuelve a pedir marcha, para sobrevivir debe levantar la cabeza nuevamente.

Los movimientos secretos de los servicios de inteligencia y de los intereses económico-políticos eran, y son, el motor vital de nuestro pintoresco y asqueroso mundo. Los espías de entonces corrían entre Tánger y El Cairo bajo la forma de informes, paquetes extraños, armas pirateadas....y así aseguraban, con sus intervenciones cómplices, moldear nuestro destino. No estamos ciegos sólo nos hemos quedado mudos. Yo, personalmente, nunca he visto algo parecido con mis propios ojos, pero mudo no me pienso quedar.

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