martes, 7 de abril de 2009

El último despertar.

ZOCO CHICO. Foto: ABDELLATIF BOUZIANE.
No sé más si soy lo que era, me refiero a mi estado anímico y espiritual. Inspirado me siento. Dedos y ojos de fe, recuerdos de fragancias impregnados de aires orientales. Van a cumplirse casi treinta y tres años, me siento tragado por el imparable paso del tiempo. Cuando, por primera vez, abrí mis ojos todavía perduraban algunos rasgos y reseñas de aquella gran leyenda. Los aromas, los sueños, las especias, los inciensos y las flores, retienen la razón de ser de un tangerino, criado en medio de aquellos olores y perfumes corrompidos. Tengo la sensación de que mi memoria está congelada. Árboles de sueños que florecen en los zocos, pasteles cremosos y azucarados, rosas de noche, azahar de naranjos, olores de cueros curtidos...¡Tantas antologías y emociones sensuales!, invaden mi olfato y remueven escondidos rincones de mi intuición clarividente.

Como se dice allí “no hay nada más precioso que el cuerpo”. Era mi Tánger de reencuentro, un lugar donde nada es tan bello para prever y reconquistar. Jabones de aceite de oliva y laurel, babuchas de pelo vegetal, antiguos paños voluptuosos de las vestimentas de beduinas, tejidos con franjas de colores, velos de lana, nómadas supersónicos, ardientes tellizas acolchadas para los típicos sofás tradicionales,... Un lugar folclórico y solidificado, pero siempre en movimiento. Así como lo demuestran todos los conocimientos ancestrales que eran fruto de la adaptación a un atractivo método de vida. Ultimas expresiones de famosos, del deseo y del placer, venidos desde occidente, fascinados infaliblemente de aquel encantado lugar donde el levante y poniente se juntan. Era entonces un sistema de ficciones ideológicas con aspectos orientales. Aquella realidad dio a la ciudad un nueva presencia hasta tal punto que se convirtió en un espejo donde se reflejaba la sed de vivir. Se rescató el sonido de la parte olvidada de sí misma, la nostalgia de un paraíso perdido y lo más profundo de nosotros mismos.

Algo, lamentable, debió suceder, que motivó la perdida, y mas tarde la búsqueda, de una identidad, lo que conllevó un periodo de gran alteración. Todo comienza y todo termina como en los cuentos, como en la noche del tiempo censurada y apresurada. Entonces el escenario se quedó desencajado, un resurgir de otra adaptación ha fracasado hasta, incluso, algunos se aburrieron y se largaron abandonando sus bienes y su pasado. No eran fanáticos ni demasiado libertinos. Curiosa mezcla de dos tribus que inspiró nuevos métodos, otras referencias a novelistas y escritores. Aparecieron correspondencias y cartas firmadas... Allí estaban los gobernadores, de tapadera, adornados con joyas indiscretas bailando disfrazados entre alfombras caras. Fama arrebatada, brutales formas expresivas literarias, fuente inagotable de inspiración, vestidos de sultanes, turbantes, túnicas, caftanes y, justo en frente, trajes, corbatas sombreros y tenedores. Todos juntos, pero no revueltos.

Eran escritores viajeros los que inspiraron a pintores y poetas. Aparecieron mujeres que se comprometieron en bodas mixtas, hecho que, naturalmente, convulsionó a toda la ciudadanía de Tánger. Se puso de moda los baños árabes, las citas orientales, los pantalones de harem, los braseros con incienso y los perfumes exóticos y embriagadores, todo acompañado con bebidas sobrias. Era el síndrome del “Mil y una Noches” en continua ebullición y efervescencia. Era una revelación y una declaración ilustrada de los hombres y mujeres de una ciudad de ensueño. Todos los visitantes sucumbieron a los embrujos de aquella civilización refinada y sibarita. Dejaron huellas, estelas negras, horas azules, atormentadas de narices, drogas, movidas de trances y venenos consagrados.

Toda una larga caravana de artistas que, en muchas ocasiones, se llevaron la palma de la literatura. Un esplendor inesperado, jardines deseados, delicias de la tierra prometida. Fue la Tánger de lo imposible, de la prohibición que autoriza a otra diferente, donde el erotismo hacía cuerpo con la lujuria, y donde el misterio te envolvía con lo impracticable y te estimulaba la imaginación. Los Bazares, la medina y sus tentaciones hacían perder la cabeza. Algunos desaprovecharon sus vidas y se convirtieron en receptáculos vivos de perdición por excelencia. Vuelvo a abrir los ojos y miro a mi alrededor, confirmando, afortunadamente, que el ambiente que se percibe hoy en día no puede conmigo y que sigo siendo el mismo.

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